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11 De galerías. Conversación en el desierto: la colección Panza

  • Abre el Ojo
  • "El lado oscuro del diseño"
  • Número 06 - 18 de julio de 2016
Francesco Giaveri
  • Francesco Giaveri

Michael Asher, en su primera individual en la Claire Copley Gallery, plantea una instalación en la que no añade nada, simplemente elimina las paredes que dividen el espacio expositivo de las oficinas. El resultado es un espacio unificado en el que el público puede ver y escuchar una parte de la galería donde las ventas se gestionan con cierta reserva y se desarrollan unas relaciones que habitualmente permanecen ocultas. Desmantelando el muro de separación durante el periodo de exposición, Asher integra las dos áreas de manera que el despacho y el almacén se ven desde la sala de exposición que, a su vez, puede ser vista por el personal cuyas actividades se convierten ahora en parte de la exposición. Conviene tener presente la propuesta de Asher de abolir la separación entre arte y su mercado (más teórica que práctica) para entender la función de las galerías en toda su complejidad.

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Si en esta sección nos ocupamos de bucear en la historia de algunas galerías, no podemos dejar de hablar de aquellos hacia quienes se dirigen los esfuerzos de cualquier galerista: los coleccionistas. Normalmente los compradores se dividen en tres categorías: los que compran por auténtica pasión, los que lo hacen por inversión y los que buscan obtener un estatus social culturalmente prestigioso. Existen indudablemente hibridaciones e inquietudes muy diversas que habitan estos buscadores de belleza. En las siguientes notas me centraré en una figura ejemplar de la primera categoría: la colección Panza. Según sus artífices “como individuos que son, los coleccionistas están destinados a desaparecer, lo mismo que todo ser humano; pero su existencia no habrá sido en vano si contribuyen al conocimiento y a la conservación de las cosas creadas en el momento que tuvieron la posibilidad de actuar, y que pueden resultar útiles para que las generaciones venideras puedan contemplarlas y obtener información”.

Giuseppe y Giovanna Panza di Biumo empiezan a coleccionar en los años 50, animados por motivaciones que radican en su conciencia y en su inquietud, reúnen sendas obras de Kline, Tàpies y Rothko.

2 No disponiendo de grandes cifras, se centran en artistas que aún no han alcanzado la celebridad de los que compran muchísimas obras. Según Leo Castelli, los Panza son los coleccionistas más extraordinarios que conoce a lo largo de su carrera como galerista; recuerda, por ejemplo, cómo descubren y apoyan a Robert Rauschenberg cuando nadie aún se interesa por su trabajo, que permanecía sin venderse en el almacén de la galería.

La colección Panza incluye numerosas piezas del primer periodo del artista, pero ni una de los sucesivos, cuando los precios elevados superan las posibilidades económicas de los Panza. Su primer encuentro con la obra de Rauschenberg se da en 1959, en la segunda Documenta de Kassel, donde el artista expone Kickback, que acabarán comprando en la galería Rubin y, poco después, se hacen con otras 10 obras del artista, casi todas en la galería de Leo Castelli.

Robert Rauschenberg, KICKBACK, 1959. Combine: oil, paper, printed reproductions, and fabric on canvas with necktie. 194.3 x 84.5 x 12.7 cm. The Museum of Contemporary Art, Los Angeles. The Panza Collection.

Robert Rauschenberg, KICKBACK, 1959

La colección Panza desde su comienzo se entrega a una aventura filosófica por medio del arte contemporáneo más exigente. Si tuviera que elegir dos metáforas para definir sus elecciones, me decantaría por el silencio y el desierto.

Las obras que les atraen son las que expresan una elevación hacia lo infinito, un misterio inmaterial que supera los límites físicos y traza un puente entre la interioridad del artista y la del espectador.

De ahí también que algunas de sus predilecciones fueran pinturas monocromas que apuntan decisivamente hacia una dimensión mística. Estas son las obras que les interesan y que quieren en su colección, porque “cuando se intuye la belleza y la importancia de su vida interior, ¿cómo es posible no desear compartirla?”.

Lejos de ser simples acumuladores, buscan en el arte pop, minimal, conceptual o en las pinturas monocromas la experiencia de la privación y del silencio, para acercarse a una dimensión infinita, despojada de límites materiales.

Respecto a la figura del marchante de arte, su juicio es preciso: “tiene que ser un buen mediador, es decir, alguien capaz de percibir la afinidad entre la obra y el coleccionista, es necesario que entienda rápidamente la mentalidad del adquirente, si se trata de un especulador o de un apasionado con buen ojo. Quien comprende el arte no es un hombre de negocios, a menudo no tiene mucho dinero y le hacen falta pequeñas ayudas tipo descuentos y pagos a plazos. Y, sobre todo, un buen marchante de arte contemporáneo tiene que estar interesado en el arte en devenir, el que se apreciará en futuro. Leo Castelli me hizo descubrir la mayoría de los minimalistas”.

4-5La famosa historiadora del arte, Rosalind Krauss, quizá exagerando un poco pero no tanto, llegó a decir que el minimalismo fue acogido de forma desmesurada por una sola colección; Giuseppe y Giovanna Panza tuvieron 42 obras de Bruce Nauman, 40 de Lawrence Weiner, 28 de Robert Morris, 27 de Donald Judd, 23 de Robert Ryman y 22 de Dan Flavin, sin contar las que compraron en un segundo momento, a partir de los años 80.

Es normal, considerando que para los Panza poseer arte implica tener que compartirlo, que la manera de instalar las obras fuera un momento extremadamente importante al que dedicaban máximo cuidado. La arquitectura del edificio, la dimensión de las salas y la iluminación tenían que estar en equilibrio.

 

Seguían por lo general unas reglas bastante eficaces: si era posible, no mezclar artistas diversos en la misma sala, colgar los cuadros a las paredes prescindiendo de soportes que los separen de estas, las paredes mejor si son de un blanco roto, la luz ideal es la natural aunque vaya cambiando mucho a lo largo del día y por esto las cortinas tienen que ser las adecuadas; instalar pocas obras en cada sala, dejar aire más que suficiente entre una y otra y eliminar todos los detalles molestos que puedan entorpecer su contemplación.

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Organizada por conjuntos coherentes y sustanciosos, la colección Panza sigue manteniendo su carácter unitario aun cuando, en la actualidad, forma parte de museos internacionales como el MOCA de Los Ángeles o el Guggenheim de Nueva York, entre otros. Pese al indudable acierto cualitativo y cuantitativo de sus elecciones, quiero concluir estos apuntes con una lección de gran humildad, ante la que nos brindan las siguientes palabras Giuseppe y Giovanna Panza di Biumo: el “peligro que debemos evitar con el máximo cuidado es la tentación de sentirnos los mejores. Si se produce este hecho, estamos acabados, pues perdemos la flexibilidad del juicio que debe adaptarse a lo nuevo, al cambio continuo de la creatividad, que siempre es distinta. Quien está convencido de saberlo todo y de ser mejor que los demás se cierra”.

 

Autor: Francesco Giaveri

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Fuente: http://www.artribune.com/2014/03/giuseppe-panza-di-biumo-e-la-sua-collezione-dialoghi-attraverso-loceano/1-giuseppe-e-giovanna-panza-presso-la-leo-castelli-gallery-di-new-york-1975/

Bibliografía:

Giuseppe e Giovanna Panza collezionisti. Conversazione con Philippe Ungar, Silvana Editoriale, Milano, 2012.

Giuseppe Panza di Biumo, “Las motivaciones del coleccionismo”, en VV.AA., Los espectaculos del arte, Tusquets, Barcelona, 1993.

VV.AA., Giuseppe Panza di Biumo. Dialoghi Americani, Marsilio, Venezia, 2014.

Christopher Knight, Colección Panza, Ministerio de Cultura. MNCARS, Madrid, 1988.

 

 

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