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03 Plagio y derechos de autor

  • Abre el Ojo
  • "Clones"
  • Número 05 - 25 de mayo de 2016
Noelia Alvarez
  • Noelia Alvarez

Si bien en nuestro Derecho no existe una noción de "plagio" (es en la propia Ley de Propiedad Intelectual en la que no se define el plagio), tanto la jurisprudencia como la doctrina han delimitado las características del mismo. Así, contamos con una sentencia que resulta ciertamente ilustrativa, como es la del 28 de enero de 1995 del Tribunal Supremo, en la que se argüía sobre el posible plagio de unos planos para la construcción de viviendas, en la cual se señaló que “por plagio ha de entenderse, en su concepción más simplista, todo aquello que supone copiar obras ajenas en lo sustancial. Se presenta más bien como una actividad material mecanizada y muy poco intelectual y menos creativa carente de toda originalidad y de concurrencia de genio o talento humano, aunque aporte cierta manifestación de ingenio. Las situaciones que presentan plagio hay que entenderlas como las de identidad, así como las encubiertas, pero que descubren, al despojarles de los ardiles y ropajes que las disfrazan, su total similitud con la obra original, produciendo un estado de apropiación y aprovechamiento de la labor creativa y esfuerzo ideario o intelectivo ajeno”.

Los grandes artistas copian, los genios roban

(Picasso)

De esta argumentación se puede extraer la siguiente aseveración y es que el plagio se basa fundamentalmente en la coincidencia de los elementos sustanciales de una obra respecto de otra, y no así en los estrictamente accesorios.

Ahora bien, ¿en qué consiste el plagio? ¿Qué modalidades de plagio podemos encontrarnos? ¿Cuáles son los criterios para su determinación? ¿Qué entendemos por creativo? ¿En qué términos definimos la originalidad? ¿Y la inspiración?

El plagio, según la referida jurisprudencia, se define conforme a su propia significación semántica como es la de copiar una obra original o auténtica. No obstante, en esa definición habría que contemplar las formas comisivas de la infracción del derecho que le asiste al autor en ideales de plagio y materiales de explotación usurpatoria por cuanto, de una parte, se trata de copiar la obra de forma total o parcial y, de otra, la suplantación de la personalidad del autor, hecho que desembocaría en la usurpación de la altura intelectual del mismo.

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Asimismo, podemos distinguir la existencia del plagio “total” y del plagio “parcial”, según se tome toda o parte de la obra, del "autoplagio", que tiene lugar cuando el autor se plagia a sí mismo, tal y como sucedió con las esculturas de Botero (intercambiaba diferentes piezas de las mismas para crear otras nuevas) o bien del plagio “inverso”, modalidad que consiste en atribuir una obra a un autor que no la ha creado con el fin de aprovecharse de su fama y mérito.

La distinción entre copia y modificación de una obra originaria de cara a poder determinar la existencia de plagio requiere de distintos métodos que permitan identificarlo y diferenciarlo de una mera coincidencia creativa. Para ello, en un primer momento se propuso el criterio de la identidad del objeto, concretándose en la toma de las ideas (principales) de la obra original, en la que primaba la conservación de la misma distribución y el mismo orden. Sin embargo, este criterio no sería suficiente para explicar por sí solo la coincidencia creativa; ante las dificultades y carencias del mencionado criterio, se introdujo un concepto más amplio de la figura del plagio como es el de semejanza, y que se complementará posteriormente por otros como el de la extensión, el criterio moral, el social y el criterio estético, que aportan nuevos enfoques en la identificación del plagio, sin que fueran bastantes para objetivar la infracción dado su carácter instrumental, que olvidaba valorar la creación en sí misma. Comienza entonces a distinguirse la obra original y el plagio a través de conceptos como el de prestación, y es a partir de este concepto de creación de donde se concluye que la proyección de emociones, estados de ánimo y sensaciones, constituye la base para poder valorarlo.

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Resulta interesante que la doctrina alemana mantenga que el plagio será perceptible cuando se produzca una apropiación de la forma íntima de la obra; sin embargo, esta delimitación de la mencionada forma interna resulta, cuanto menos, especialmente difícil y compleja.

Por otra parte, la doctrina italiana incorpora el concepto de individualidad en el sentido de identificar la creatividad original, así como por la recognoscibilidad, que se basa fundamentalmente en la indagación de la relación que liga al autor con su obra, es decir, el conocimiento del proceso creativo. Es este criterio, el de la recognoscibilidad, el que en cierta medida comparto al basarse fundamentalmente en la indagación de la relación que liga al autor con su obra: el conocimiento del procedimiento creativo.

Por lo tanto, el fenómeno creativo comprende no solo el resultado definitivo del proceso, sino la globalidad de lo imaginativo y de la inteligencia como aportación cultural a la humanidad. De ahí que el proceso conducente a esa creación sea lo esencial; solamente así se estará en condiciones a la hora de vislumbrar el plagio.

Por ello, la identidad del objeto constituye un elemento circunstancial, dado que no toda identidad conduce al plagio, si no interviene el proceso creativo, o lo que es lo mismo, la articulación autor y obra, es decir, aquellas fuentes de las que se ha servido el autor, y las formas que ha adoptado para la representación de la creación, y que es lo que da lugar a la originalidad, precisamente por esa actividad creativa.

Consecuentemente, para determinar el plagio, es necesario contemplar todos aquellos elementos que confluyan en la creación y no únicamente en la identidad. Porque, de otra manera, obras que guardasen identidad en su estructura, serían calificadas de plagio a pesar de que los autores no hubieran tenido conocimiento de la existencia de otras obras y, de otra parte, cuando no coincidieran idénticamente, se estaría vedando la prohibición de plagio, a pesar de que una obra fuera copia de otra, aun eludiendo la identidad.

Respecto a la originalidad, esta se plantea como un requisito que presenta una doble vertiente; de una lado, hace referencia a la creatividad y, de otro, a la manifestación de la creatividad en la obra. Es decir, esta podría definirse como la causa y la propia originalidad como el efecto. La creatividad cuenta con diversas acepciones y denominaciones tales como ingenio, inventiva, pensamiento original, imaginación constructiva, pensamiento divergente, generación de nuevas ideas, etc. Por lo tanto, de alguna manera, la expresión “originalidad” significa “cualidad de original”, que es fruto de la inventiva de su autor. O lo que es lo mismo, “creatividad” hace alusión a una cualidad del sujeto que es quien crea la obra mientras que “originalidad” se refiere a aquella cualidad que se manifiesta en el objeto resultante del acto de creación que no es otro que la propia obra. Se podría decir que “creatividad” destaca una cualidad del autor (ingenio, inventiva, pensamiento creativo) y “originalidad” destaca una cualidad de la obra que es susceptible de protección, como resultado del ingenio del autor.

 

Llegados a este punto, considero necesario matizar que si bien crear algo totalmente nuevo es prácticamente imposible, porque en cierta medida todo cuanto conocemos en el ámbito artístico ha sido posible gracias a la creación de obras previas, por cuanto nuestra asociación de ideas surge de otras anteriores que ya conocemos, es deber de cada uno fijar ciertos criterios a la hora de valorar la originalidad de las mismas respecto de la fuente de inspiración de la que surgieron, porque ¿qué sucede cuando nuestras plegarias a la musa helénica considerada como la diosa que “llevaba” a los artistas a realizar sus distintas composiciones no son atendidas, y por más que invoquemos a deidades ancestrales no logramos alcanzar el ansiado frenesí divino y la locura poética, la idea resonante, la elevación entre lo consciente y lo mágico, lo místico, la fantasía, el ingenio y la invención?

La respuesta se encuentra en la delgada línea que separa la inspiración del plagio. Y en nuestra conciencia.

Autora: Noelia Álvarez Perea

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