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06 Del rotondismo al palletismo

  • Abre el Ojo
  • "Walkie Talkie"
  • Número 03 - 22 de diciembre de 2015
Pedro Medina
  • Pedro Medina

“Rotondismo” es un término creado por Fernando Castro Flórez para describir con ironía y contundencia uno de los fenómenos aparentemente más inexplicables de nuestro ya de por sí singular territorio español. Con él se refiere a las instalaciones o esculturas que como setas surgen en ese otro elemento peculiar que es la rotonda. Veamos algunos ejemplos de esta “tendencia” para reflexionar sobre el gusto y el sentido de monumentalidad de nuestros días.

1 De rotondas y leyes para “artistas”

Son varias las teorías sobre el origen de las rotondas, aunque el catedrático de Urbanismo y Ordenación del Territorio de la Escuela de Arquitectura de Madrid, José Fariña, afirma que su origen fue francés para regular el tráfico. Esta historia y, sobre todo, la afición desmesurada a reproducirlas por la geografía nacional, es contada en Enmascarando la pobreza del paisaje urbano: rotondas y arte público, Elia Canosa y Ángela García Carballo.

Su existencia debía aumentar la seguridad en los cruces de carreteras y aliviar el tráfico. En fin… creo que todos habremos tenido la experiencia de gente absolutamente perdida dando vueltas, cambiando de carril de forma precipitada o, aún peor, ¿habéis visto una rotonda embotellada?, no hay quien la vacíe. De ahí muchos accidentes que dan lugar a situaciones aún menos comprensibles: semáforos previos a las rotondas o incluso en su interior, que parecen invalidar la razón de su creación y ponen en entredicho la labor de las autoescuelas.


“Rotondas for dummies” o, como ha preferido llamarlo el RACC, “¿Cómo se circula por una rotonda?”

Aun así, han ido creciendo exponencialmente y ahora es imposible entrar a ninguna ciudad sin atravesar varias de las mismas. Pero quizás el atontamiento y perplejidad que parecen generar en muchos conductores no sea debido a sus leyes internas, sino a su centro, es decir, a esas esculturas que por lo general sí que son verdaderas abominaciones de nuestras carreteras y cuyos únicos beneficiarios parecen ser el sector de la escultura –que hace unos años estaba de capa caída– y, por supuesto, aquellos intermediarios en el proceso y el constructor de turno.

Miguel Brieva

La idea en principio no es mala, la presencia pública del arte y el embellecimiento de zonas de tránsito, pero visto el gusto de quienes eligen la mayoría de las esculturas, cabe pensar si no se consigue el efecto contrario.

Pensemos por un momento en el origen contemporáneo de la estetización de las obras públicas, sin remontarnos al papel que tuvieron en los grandes imperios, como el romano. Parte de la inversión estatal en espacios públicos actuales toma como referencia una ley creada en Italia durante el gobierno de Mussolini, promulgada el 11 de mayo de 1942 (se trata de la ley 839 del 05/11/42, posteriormente derogada y sustituida por la 717 de 29/07/49). Es conocido el apoyo de Mussolini a las vanguardias históricas en una operación para proyectar “modernidad” de su gobierno. En efecto, esta ley va precisamente en esa línea, con el objetivo de construir una monumentalidad imperial y moderna. No obstante esta génesis política, sus efectos y eficacia han sido copiados en buena parte de las democracias mundiales, principalmente en edificios institucionales y con el fin de promulgar otros valores.

La ley italiana, comúnmente conocida como la “ley del dos por ciento”, consistía a grandes rasgos en destinar un dos por ciento del presupuesto de una obra pública a una intervención monumental in situ. En otros países, como España, esta ley pasó a ser la “ley del uno por ciento cultural”, cuya gestión varía según las particularidades de cada región y época, pero en el caso nacional suele destinar la mitad de ese 1% a obras in situ –principalmente nuestras queridas rotondas– y la otra mitad a proyectos culturales en el ámbito nacional, siendo siempre el Ministerio de Fomento (o sus otras denominaciones según el momento: de Obras Públicas…) quien gestiona ese dinero y quien decide su destino.

Sin duda, la idea es buena, pero su gestión es la que falla. Ya en la revista Primato Pietro Maria Bardi se preguntaba en 1942: “¿quién asignará el dos por ciento?, ¿quién elegirá a los artistas?”, apostando por los arquitectos –cuando se tratara de un edificio– como los sujetos ideales para elegir a sus colaboradores, bajo la lógica de una continuidad entre obra artística y arquitectónica para lograr un resultado en su conjunto.

En España, en cambio, normalmente estas decisiones dependen de soluciones o intereses políticos, no participando normalmente ningún técnico de departamentos o instituciones de cultura, que pudiera aportar algún informe fundamentado en razones formales o sociales; y ni mucho menos se le ocurre a nadie “disparates” como convocar un concurso público, dentro de una voluntad de transparencia y de búsqueda de proyectos de excelencia. En fin… el resultado es lo que vemos a continuación.

2 Monumentos al horror

No es ningún montaje, estas maravillas existen y las tenemos a la puerta de casa. Aún más, se extienden sin freno alguno por toda nuestra geografía, habiendo superado ya las 2.700. Al respecto, en Internet hay varias selecciones de las más infames, entre las que casi siempre aparecen La patata en Amorebieta, Un mundo de jamones en Alhama o La Dama de Elche en Valencia, convertidos ya en clásicos del rotondismo.

Y tal colección de joyas, desde las decenas de obras de artistas consagrados como Manolo Valdés o Rafael Canogar, a la prodigalidad con la que muchos pueblos muestran sus utensilios más preciados (tractores, norias, carros…), pasando por todo tipo de grandes letras con el nombre de una población o diversos elementos locales, nos hace pensar si la rotonda podría ser una buena plataforma de identidad o simplemente es un espacio donde vale todo.

Por un lado, podríamos entrar en discusiones sobre el valor artístico o formal de estas instalaciones, aunque creo que la mayoría de los lectores coincidirá en que no solo son feas, sino que su mera existencia provoca shocks en más de uno; sobre todo si se hacen públicos los costes de las mismas. Sin duda, como recuerda el dicho popular, “sobre gustos no hay nada escrito”, pero está claro que no todos los argumentos son válidos y pocos tendrán el descaro de defender estos adefesios. Sin duda, el pobre David Hume escribiría una segunda La norma del gusto si viera estos “monumentos”; con él tenemos muy claro que el gusto se puede educar, pero entonces ¿qué supone el rotondismo?, ¿el fin de nuestra civilización o solamente el de nuestro sistema educativo? Esperemos que solamente sea el producto de una circunstancia: el negocio frecuentemente está reñido con el buen gusto.

Precisamente la idea de “monumentalidad” es la otra que podemos cuestionar. ¿El monumento no se erige para mostrar un modelo de ejemplaridad?, ¿no debería servir para reivindicar valores o identidades del lugar?… Nada de esto parece cumplirse en estos casos, que muchas veces dan lugar a verdaderos casos de perplejidad fruto de una increíble descontextualización, como el osito Haribo en Boadilla del Monte o el Che Guevara en A Coruña.

Hace unos años Valeriano Bozal explicaba en Estética del entorno: obra pública y paisaje (2007-2008) cómo las categorías que acostumbrados utilizar para hablar de paisaje (bello, pintoresco, sublime…) y que tuvieron su máximo esplendor durante el siglo XIX, hoy día ya no son las idóneas para hablar de fenómenos artísticos encuadrados dentro del género de paisaje, por lo que detectaba cierto “adelgazamiento” de estas categorías, impidiéndonos hablar de paisajes “sublimes”, pero sí de “singulares”, es decir, la idea banalizada de lo sublime.

¿Son las rotondas la expresión máxima de esta pérdida de lustre estético?, ¿son el síntoma de una época destinada al vacío de valores y a una pátina de mal gusto allá donde miremos? Es obvio que “singular” podría ir bien, aunque es más que cortés en el caso de las rotondas, pero sobre todo deberíamos preguntarnos por el dispendio que suponen estos monumentos a la vulgaridad, oportunidades perdidas para ser una buena carta de presentación de las poblaciones españolas y para que buenos proyectos artísticos tuvieran un lugar de expresión.

Al final, la sensación que queda es la de una colonización, son marcas simbólicas de un poder cuyas prácticas quedan relegadas como mucho a anecdotarios ridículos, no reivindicando casi nunca un cometido noble, digno de una verdadera monumentalidad. ¿Qué es lo que queda entonces? Tristemente huella y trauma, probablemente signo de miserias mayores.

3 Más allá del horror estético, lo que revela la “nación rotonda”

Poniéndonos serios, es necesario plantearse qué hay detrás de esta profusión de rotondas, las dinámicas políticas, económicas y sociales tras su condición ubicua y cuya dudosa decoración despierta, como mínimo, perplejidad, por no decir sospechas.

Uno de los proyectos más interesantes y divertidos que denuncian la política de rotondas, como signo de la burbuja inmobiliaria y la crisis económica, es Nación Rotonda, una web que documenta desde 2013 rotondas incomprensibles, proyectos a medio levantar, lugares abandonados y desastres urbanísticos en general.

Tiene origen en el trabajo del ingeniero Miguel Álvarez, quien se preguntó por la crisis inmobiliaria desde un punto de vista urbanístico, más allá de casos emblemáticos como Seseña. Pronto se sumó al proyecto el arquitecto Guillermo Trapiello y los también ingenieros Esteban García y Rafael Trapiello. El resultado son centenares de imágenes de verdaderos disparates urbanos donde las lógicas políticas se tornan ahora sinsentidos de ambición y donde la ruina se convierte en la gran símbolo de nuestra época.

No son pocas las escenas donde la rotonda se impone en medio de un desierto, producto de una voraz expansión y de un modelo que privilegia el coche como sujeto de un urbanismo de ciudades dormitorio. Y pone en evidencia una forma de construir en la que lo lucrativo se impuso sobre un crecimiento racional o creador de comunidad.

Además, si a esta iniciativa sumamos Basurama y Ecologistas en Acción, entre otros colectivos, el resultado es más amplio e igualmente demoledor y significativo: Cadáveres inmobiliarios. La importancia de estos proyectos es otra tendencia: la creación de colectivos y proyectos con el objetivo de hacer visible información muchas veces poco accesible, poniéndonos en alerta ante dinámicas nocivas para nuestra sociedad.

En definitiva, lo que estos proyectos denuncian son ejemplos de un panorama yermo y por “reconstruir”, apostando por un modelo que conciba otra realidad sin plagarlo todo de cemento. En efecto, revelan modos de vida donde el centro comercial o la cercanía del campo de golf ha sustituido la vida de barrio, se ha optado por la dependencia del coche en vez de la vivencia del caminar o el recorrido en bicicleta. Cada uno tiene unas necesidades y prioridades, sin duda, no hay un modelo único, pero estas “ruinas”, como mínimo, deberían hacernos pensar cuál es el tipo de ciudad y de habitar que estamos cimentando.

 

4 El “palletismo” como solución a todo

Paletismo

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Si el rotondismo llamaba la atención sobre el faraonismo cutre y de mal gusto de las rotondas españolas, anunciamos aquí otra tendencia: el “palletismo”, o propensión a solucionar todo con pallets.

Sin duda, hace tiempo que la función principal de los pallets dejó de ser el transporte de objetos, inundando nuestro mundo por doquier; si no, mirad alrededor. ¿Quién no ha visto muebles hechos con pallets?, ¿o ha contemplado como elemento principal de un diseño de exposiciones, stands o similares?

Si el rotondismo llamaba la atención sobre el faraonismo cutre y de mal gusto de las rotondas españolas, anunciamos aquí otra tendencia: el “palletismo”, o propensión a solucionar todo con pallets

Pasión por el reciclado, búsqueda de un discurso “pobre”, simple invasión silenciosa, moda hipster… Otra tendencia de decoración pública a investigar en los próximos números. Hasta entonces, por favor, conduzcan con cuidado y no pongan en riesgo su vida contemplando estos monumentos kitsch que el rotondismo ha erigido por doquier. Hasta pronto.