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01 La geoda y el ritmo

  • Abre el Ojo
  • "Nuevos escenarios"
  • Número 01 - 1 de agosto de 2015
Daniela Hernanz
  • Daniela Hernanz

La primera vez que vi bailar a Luz Arcas se me vino una imagen a la cabeza a la que se sumaron sensaciones que me permitieron repensar la danza. Esa primera imagen es un cuerpo con varias caras, una geoda abierta a la luz que refleja diferentes colores y, a su vez, parece dirigirse hacia un punto de color más intenso que estimula un sabor, una textura, un sentido… los colores convertidos en un vector que propaga la danza a otros cuerpos y al espacio. Una lengua que palpa la piel y se entrelaza con lo que no tiene sabor, pero huele. Un olor que guía como la mirada por esa línea infinita a la memoria, a la ceremonia, a los recuerdos sensoriales que hacen de espejo de esa geoda en movimiento hasta que se centra en una respiración, en un gesto reiterativo, hasta que vuelve al cuerpo donde recomienza la danza, el sentir puntual del ritmo hecho carne.

Pensar en danza significa seguir el ritmo, aquello que siempre está presente y que contiene una dimensión claramente temporal, pero también espacial. El ritmo contiene el movimiento, es sonido y es silencio, por tanto, también es música. Para Luz Arcas, bailarina malagueña, coreógrafa y fundadora de la compañía La Phármaco, para bailar hay que enfrentarse al ritmo de lo que se quiere bailar. Sostiene que «las palabras o los versos, las imágenes o los sonidos le hablan rítmicamente, las percibe en forma de danza, no necesitan traducción». Este diálogo directo con el ritmo implica un constante estado de investigación para poder crear. Observar y estar atenta a las intuiciones, a lo que pasa en el mundo, a los movimientos y sensaciones que surgen cuando se baila en soledad y despreocupadamente, son el trabajo continuo que permitirá encontrar posteriormente un contexto o un soporte concreto que ayude a construir un nuevo mundo, una nueva obra. De esta manera, no existe una sola fuente y el soporte puede ser un libro (como en su última obra, La voz de nunca, inspirada en Esperando a Godot de Samuel Beckett), la iconografía y música antigua griega, que permiten rellenar el espacio en blanco entre dos obras de la literatura (es el caso de Éxodo: primer día, inspirada entre Edipo en Colono y Antígona de Sófocles), una estructura o los mitos clásicos (como en el caso de Sed erosiona, una recreación del mito de Kore y Eros Psicompo y Antes fue siempre fuego, inspirada en el mito de Prometeo).

«Las palabras o los versos, las imágenes o los sonidos le hablan rítmicamente, las percibe en forma de danza, no necesitan traducción»

Luz Arcas

Cuando observo la escena de un baile estoy en un acto de escucha. La imagen del cuerpo bailado da a entender cómo el espectador al completo abre sus sentidos para percibir todas las emisiones de esa geoda obteniendo perspectiva. Así, la escucha es la apertura a un espacio vital que está marcado por el ritmo y que, por tanto, se ve condicionado por los vectores que marca ese ritmo. Si el ritmo es sonido, silencio y movimiento, dentro de la escucha del ritmo se atraviesan imágenes y sensaciones que no siempre provienen de los sentidos, sino de todo lo que rodea el silencio. Es decir, la palabra, la música y el concepto vivo. Por ejemplo, en ese espacio vital se puede percibir la sensualidad más allá del deleite, o sea, puedo concebir lo sensual como un centro íntimo en el movimiento que irradia en diferentes direcciones. Una fuerza que atrapa mis sentidos y que, al mismo tiempo, me permite hacer una lectura detrás de lo sensorial, descifrar un mensaje que puede ser la muerte, el vacío o el ritual que me seduce.

Por este motivo, en mi opinión, es tan importante en danza elegir los movimientos que permiten profundizar en ellos o, como dice Luz, permitir que el cuerpo escuche desde sí mismo para crear, ya que cuando esto sucede «su relación con todo es directa, no tiene que traducir, encarna lo que ha vivido, baila su memoria».

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"Estragón y Vladimir" es la última obra que ha presentado la compañía

El ritmo también tiene su dimensión espacial y en danza el espacio tiene varias dimensiones. En la puesta en escena de una obra de danza no solo es importante llenar el espacio en sí, coreográficamente, o con objetos que colaboren a reproducir un ambiente. Existe también una dimensión narrativa que se recrea desde un espacio exterior o interior que condiciona al espectador previamente. En La Phármaco esta dimensión narrativa no se apoya normalmente en una escenografía, sino en la creación de una atmósfera, de la imagen de un lugar específico, de un espacio poético, en el vestuario y en la música. El viaje en el mar, el movimiento del barco que reflejan los cuerpos de las dos bailarinas que se balancean al mismo tiempo, el arado del toro, la emisión de sonidos respiratorios para dar un efecto de angustia o dureza, el caminar por el bosque o las referencias al cine mudo, tan presentes en los personajes de Estragón y Vladimir en la última obra de la compañía, son ejemplos de construcciones de esta dimensión espacial. Por otro lado, existe el espacio creado por la propia danza, es decir, por el gesto que dibuja y las dinámicas físicas que se forman en escena. De esta manera, «en cada obra el cuerpo esculpe en el espacio de una forma concreta, y estos dibujos son la gran parte del mensaje físico», como comenta Luz.

Por último, queda la relación del cuerpo con el espacio, que es lo que imprime las formas dentro de la geoda. La precisión y acentuación de los movimientos, la relación con el suelo, la densidad de los brazos… son ejemplos de la marca personal del cuerpo, «el diálogo sutil con “lo invisible”», lo que parece ser dictado y aquello que permite encontrar después una dinámica física y componer el discurso coreográfico. El espacio del ritmo en danza, por tanto, es la integración de estas dimensiones, el vector de ese mensaje, que no está explícito, pero sí continuamente presente en una forma de crear donde cuerpo y música se funden en un solo ritmo que todo lo dirige.

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Imagen de "Éxodo"