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04 Expo Milán 2015. Feed the Planet o feria de turismo

  • Abre el Ojo
  • "Nuevos escenarios"
  • Número 01 - 1 de agosto de 2015
Pedro Medina y Javier Maseda
  • Pedro Medina y Javier Maseda

En 1963 Bruno Munari puso un fruto como ejemplo de proyecto excelente, estableciendo una curiosa metáfora que puede servirnos de punto de partida: “la naranja es un objeto casi perfecto donde se encuentra la absoluta coherencia entre forma, función, consumo […] La ausencia de cualquier elemento simbólico expresivo ligado a una moda demuestra una conciencia de proyectación”.

Partiendo de esta metáfora, Beppe Finessi comisarió en 2013 para el MART la exposición Proyecto Comida. La forma del gusto. Esta muestra es una más de las numerosas exposiciones dedicadas a la comida últimamente, como Tapas. Spanish design for food, promovida por Acción Cultural España, que no hacen sino demostrar el creciente interés por la gastronomía y el universo alrededor de la misma, como manifiesta la importancia cada vez mayor del Food Design.

1 Expo Milán 2015

Expo Milán 2015

Con la llegada de mayo de 2015 continúa este inagotable discurso con la Exposición Universal de Milán y ahí fue Abre el Ojo con unas expectativas muy altas ante el apasionante tema “Feed the Planet”. Como toda exposición universal, el visitante espera encontrar la vanguardia de nuestro tiempo, a lo que en esta edición añadía un tema central de actualidad y que daba mucho juego. Por tanto, encaramos la jornada pidiendo a los pabellones que cumplieran tres premisas:

  1. Ser consecuentes con el tema de la Expo, ofreciendo soluciones de futuro y un compromiso ético.
  2. Nuevas soluciones arquitectónicas.
  3. Integración de las nuevas tecnologías en la experiencia del visitante, siempre de forma pertinente –y no gratuita– para la construcción de un discurso innovador.

Nuestro recorrido fue el de la mayoría, que deja el Pabellón Cero para más tarde, movidos por la masa que se dirige al Decumano, el pasillo central desde el cual tienes acceso a la mayoría de pabellones.

2 Italia y alrededores

Pabellón de Italia - Expo Milán 2015 - Abre el Ojo

Pabellón Italia. Cortesía: Expo Milano 2015

Para evitar colas, nos dirigimos acertada y rápidamente al Pabellón Italia, no para todos los gustos, pero sin duda uno de los más espectaculares arquitectónicamente hablando. Por fortuna, no tuvimos que esperar mucho –a diferencia de lo que suele ocurrir– y vimos cómo Italia “se entrega a la belleza”, como si la película de Sorrentino y los Oscars estuvieran de fondo. En este pabellón el tema principal de la Expo está presente, pero pasa a un segundo plano tras la instalación principal: pasillos de espejos que reflejan caleidoscópicamente otra de las materias primas de excelencia italiana: su arquitectura y sus paisajes. Sin duda, una instalación resultona y para todos los públicos, sensorial y con imágenes apabullantes, que reflejan con éxito la maravillosa belleza de este país, pero que no proyecta futuro nada más allá de fascinantes escenografías.

Desde ahí se extienden los pabellones de las regiones italianas y quizás la parte más digna de la Expo, a excepción del espectáculo principal: El árbol de la vida. ¿Qué decir? Una estructura prometedora bajo el sol de la que empiezan a nacer flores de tela, algún chorro de agua y estructuras hinchables para un show de lo más triste. Ahí empezó nuestra perplejidad, el paso rápido por el Decumano no nos había fascinando mucho, entre pabellones contenidos y marcas por doquier, y a partir de ese momento empezamos a temernos lo peor, sobre todo al continuar por la zona destinada a empresas, a principios de mayo casi todas por terminar.

Y, claro está, si vuelves al Decumano y lo que encuentras es un desfile de personas disfrazadas de fruta, tu sensación de estar descolocado aumenta progresivamente. Buscamos pues refugio al final de la Expo en el Pabellón de Slow Food, agradable, abierto, pero con la sensación no de ir lento, sino de estar muerto, máxime si buscas el documental de Ermanno Olmi, que tras un buen rato descubres que solamente se proyecta una vez al día. Su restaurante contrasta con otro cercano, McDonald’s, este sí abarrotado y el único en el que obtienes lo que esperas. Desolador. A ello sumemos el fraude gastronómico del que ya hemos hablado en Food in progress IV, y la desilusión no puede ir sino en aumento.

3 Amados líderes

En el artículo gastronómico ya hablamos del desconcierto que supone ver algún cluster, como el de las especias, precisamente sin especias, y cuyo fin es convertir estos lugares en “contenedores” de países pobres. Uno de estos casos es el pabellón de Corea del Norte (al lado del de Madagascar, con sus grandes fotografías pixeladas), que aparecía aquella primera semana de Expo adornado con pertinente austeridad: solamente 4 carteles en las paredes con escenas de un país desarrollado, junto a estanterías completamente vacías y nada más.

Al menos, tuvieron el detalle de no poner fotografías del “amado líder”, al contrario de lo que ocurre en el pabellón de Marruecos, cuya entrada la corona una gigantesca foto de su rey; y otras egolatrías, como la foto de Vittorio Sgarbi en la exposición comisariada por él.

Pero de todos estos momentos estelares, el más disparatado lo ofrece Tailandia. De inicio, un pabellón atractivo, con una arquitectura exótica y no demasiadas colas. Pues bien, después de dos salas soporíferas, de las que no podías huir, con dos publirreportajes de Tailandia a cual más infumable y menos creíble, llegamos al último film sobre El rey de la agricultura: cinco interminables minutos sobre el gran rey, que trabaja a todas horas, incluso cuando llueve, alimentando a su pueblo y siendo quien construye ciudades, pueblos, presas… al más puro estilo NODO o reportaje de Corea del Norte. Al menos, hay que reconocerle que hay momentos en los que te entra la risa, impagable.

4 Oasis de interés

Japón Expo Universal Milán 2015

Pabellón Japón

Pero no todo va a ser negativo. Una de las cosas que nos estaba generando más perplejidad era la falta de tecnología, algo común en todas las exposiciones universales y más esperable en esta ocasión, máxime cuando una de las características anunciada a bombo y platillo desde el principio era que se trataría de un evento con wi-fi abierto y conectado. Pues bien, esta cobertura –que inicialmente se llegó a publicitar para buena parte de la ciudad, pero que al menos sí que cubre la mayor parte del espacio dedicado a la Expo– solamente la aprovecha expositivamente un pabellón: Japón.

Este espacio, al que se accede tras una buena cola, resulta uno de los más interesantes. Además, cumplía las tres premisas que les pedíamos a todos los pabellones: era consecuente con el tema tratado, ofrecía soluciones que ya están en funcionamiento sobre temas de medio ambiente y producción sostenible de alimentos, arquitectónicamente era una unión entre el Japón clásico y el moderno, e integraba al visitante en una experiencia única, a través de sus móviles y de la app creada para la ocasión. Merece la pena destacar el Restaurante del futuro, un espectáculo que se movía entre lo tecnológicamente impactante y el ridículo de su presentación, pero que solo puedes entender si alguna vez has viajado a Japón y visto los dos extremos de su cultura: la tradicional mezclada con la ultratecnológica vs. la cultura “popular” de TV donde el ridículo, los cantos y los bailes se unen en una suerte de representación semiteatral que puede dejar noqueado al espectador desprevenido.

A destacar también la discreta elegancia del pabellón de Corea del Sur, minimalista, blanco, donde las instalaciones no lo ocupan todo, respirando en grandes espacios limpios que permiten una contemplación reposada al espectador. Sobresale entre la mediocridad de la mayoría de los países y entrar aquí supone un soplo de aire fresco. Es probablemente el pabellón más “artístico” de todos los visitados, no habla de sí mismo, ni nos cuenta lo maravilloso de su gastronomía, sino que, a través de una serie de instalaciones, nos hace reflexionar sobre el tema del que trata la Expo.

Arquitectónicamente llaman también la atención Inglaterra, con una estructura peculiar, sin llegar a la sorpresa de Shanghái, pero reseñable; no tanto su ausente contenido. Y Brasil, el pabellón que probablemente ha entendido mejor el tipo de público y clima que va a reinar, combinando una parte lúdica estructural con una base agrícola y una parte de gastronomía y exposición cuidada y diferente al resto, en la que domina Ernesto Neto, que bien podría estar solo él.

Por lo demás, mucha extensión propagandista del turismo local y algunos pabellones monumentales más, como Rusia, Azerbaiyán –tener recursos no implica necesariamente tener gusto–, Kuwait o China, tanto si optas por el poderío directo de los primeros o la sensibilidad más trabajada de los segundos. Unos muestran sus productos de formas más originales, como Francia, con un correcto muestrario incorporado a la arquitectura, u Holanda, reproduciendo una escena de esparcimiento casual con sus productos en divertidas camionetas, que comparten con la generosidad que falta a su arquitectura.

Entre los pabellones temáticos, quizás el más aceptable es el olvidado Pabellón Cero, Divinus Halitus Terrae, un gigantesco pabellón con una entrada espectacular que nos anuncia un gran archivo: el de la historia de la alimentación. Tras el impactante inicio, un didáctico relato que resume algo de historia natural y el paso a la industrialización de la comida y el comercio de la misma. Sin grandes novedades, pero correcto, sobre todo pensando en la variedad de público que pasa por ahí.

Y al pabellón de España, frente al del Vaticano, había que ir. Digno, visto el nivel medio, aunque tirando a mediocre, con una instalación inicial que era cualquier cosa menos artística –como parece que se pretendía–, con una exposición sobre la gastronomía española narrativamente pésima, acompañada por un diseño y tipografías “aniñados” que hacían difícil seguir el discurso expositivo. En fin, un despropósito y por lo demás, pues lo de siempre, parece que no hay otra cosa: aceite, jamón y flamenco, y por supuesto, hablar de sostenibilidad, agricultura alternativa… pues no. Al menos el chiringuito era más accesible que otros restaurantes nacionales.

6 ¿En medio de tanto turismo hay lugar para el compromiso social?

Haberlo haylo, aunque por desgracia como rara avis y, probablemente no entendido por la gran mayoría. Aun así, hay que destacar conceptualmente el pabellón de Suiza, Confooderatio Helvetica, que reflexiona sobre el límite de los recursos alimentarios. El pabellón consta de cuatro torres transparentes repletas de alimentos locales que el visitante puede coger, aunque no serán repuestos; es decir, nuestra acción podrá privar a futuros visitantes de la misma posibilidad de disfrutar de esta fuente. En función del momento en el que se acceda a la Expo, se verá el nivel de productos aún disponibles, con su previsible agotamiento a principios de verano. A ver si alguien se conciencia sobre los recursos finitos del Planeta.

Por otro lado, encontramos el poco visitado pabellón de Enel, a medio camino entre el autobombo y lo que debería ser el futuro de la gestión inteligente de la energía. En este espacio divulgativo se explica la gestión directa de la energía en el pabellón en función de sus necesidades y una serie de servicios integrados que nos harían ahorrar energía. Entre ellos, destacan las farolas de la Expo, con sensores de luz (para las horas del día) y de sombra (para detectar la posición y número de personas cercanas), que determinan la intensidad y forma de iluminar.

Pero este proyecto pasa totalmente desapercibido, junto con otros como www.feedingknowledge.net, iniciativa online para recopilar casi 800 artículos sobre la actual sanidad alimentaria. Pero, bueno, al final una Expo ya no es quizás el mejor escaparate para conocer las novedades del mundo.

7 Balance

Expo Milano 2015 Feria de turismo

Decumano. Cortesía: Expo Milano 2015

Como hemos ido viendo, la Expo suspende desde el punto de vista de las 3 premisas de las que partíamos, por lo que podemos concluir:

  1. Generalizada ausencia de soluciones de futuro y compromiso ético, salvo honrosos casos, que pasan mayoritariamente desapercibidos.
  2. Alguna solución arquitectónica interesante, pero muy por debajo de citas como la de Shanghái.
  3. Escasa integración de las nuevas tecnologías en la experiencia del visitante, ni muestra de innovaciones sobresalientes.

En definitiva, se trata de una exposición universal que –cuando esté terminada– en general está bien organizada. Tienes wi-fi gratis en todas partes, muchos lugares para comer (aunque el almuerzo puede ser una odisea. Consejo: si es un día muy atestado, en los laterales de la Expo hay restaurantes que quedan marginados, y pueden ser un refugio salvador), muchos baños públicos y donde en ningún momento te sientes sobrepasado por la gran cantidad de asistentes. Cosa que no ocurre en los pabellones, las largas colas de asistentes hacen la experiencia un poco insufrible. Mejorable en muchos aspectos: podría haber un servicio de bicicletas o de transporte al alcance de todos, espectáculos para mayores de 9 años, mejor información en general y, sobre todo, que los grandes paneles funcionaran… Pero los servicios mínimos están más que garantizados.

Por otro lado, llama la atención la gran cantidad de pabellones de marcas comerciales vendiéndonos sus productos, digamos que el mercantilismo de la Expo es excesivo, teniendo zonas exclusivas dedicadas a pabellones de empresas tipo Coca-Cola, New Holland, Enel, una inmobiliaria china, etc. A esto, añadir la tomadura de pelo de algunos de los cluster, como el de las especias, que acaban siendo el rincón de los países pobres para que monten su oficina de turismo y paguen su correspondiente fee.

Respecto al contenido de los pabellones, en la mayoría de los casos es un total despropósito, más que Feed the Planet, aquello era vivir en un permanente anuncio de los países participantes. Es una feria de turismo deluxe, pensada para un público masivo al que mostrar la belleza de sus países y la calidad de su gastronomía. Tras esto, ensombrece la idea de una Expo concebida para hacerte reflexionar o para ofrecer soluciones de futuro y un compromiso ético. Más que Feed the Planet, podríamos llamarla Feed the 1st World. La conclusión: el primer mundo se va a comer al tercero.

De la Expo a Milán

Fundación Prada, HangarBicocca, Mudec…

8 No solo de Expo vive el ser humano… y máxime si Milán está al lado

AngarBiccoca - Juan Muñoz - Abre el Ojo

Juan Muñoz, Double Bind. Cortesía: HangarBicocca

Tras preguntarnos ¿para qué sirve la Expo?, la mirada puede dirigirse a muchos otros lados y la dirección más inmediata podría ser la propia ciudad de Milán, que precisamente ha sido tan importante para el mundo del diseño, la arquitectura, la literatura… ¿O es que ya nadie se acuerda de Dario Fo, Aldo Rossi, Giorgio Gaber, Luchino Visconti, Versace, Armani, Miuccia Prada…?

Y más ahora que han abierto varias fundaciones y espacios culturalmente atractivos, que se añaden a los reclamos turísticos habituales. Entre estos últimos, aconsejamos pasar a ver la Catedral. Si pasaste hace años, si llevas años viendo cómo la restauraban, ahora es el momento de descubrir cómo no está hecha de una piedra uniformemente blanca. La contaminación dotó al edificio con una pátina que homogeneizó la fachada, pero ahora que vuelve a su antiguo esplendor, tenemos otra y magnífica experiencia. Merece la pena enfrentar el recuerdo a la realidad.

Entre los espacios recién estrenados, dos han copado prensa y atención. Uno es el Museo de las Culturas (MUDEC), realizado por Chipperfield, que fascina con el cuerpo central interior, pero poco más; eso sí, para un diseñador de interiores es una cita ineludible, pues la muestra temporal sobre las exposiciones universales es un conjunto de despropósitos de dimensiones descomunales siempre a evitar: narrativamente escasa y confusa, con una cantidad de elementos accesorios totalmente prescindibles y, ¡por Dios!, que alguien les diga algo sobre esas “papiro-cartelas”. Y principalmente ha levantado mucha expectación la nueva sede milanesa de la Fundación Prada, a cargo de Rem Koolhaas, que plantea una rehabilitación que deja un poco perplejo, en parte por la desastrosa señalética, en parte por la configuración de los edificios, y a veces por la propia colección y su relación con el espacio (unión de todo esto es la cisterna con la pieza de Hirst en el centro, aunque aquí la confusión del espectador probablemente es buscada); no obstante, merece la pena la visita, sobre todo para ver el bar diseñado por Wes Anderson y el fabuloso montaje de Serial Classic donde sí que Koolhaas ofrece soluciones muy interesantes, tanto en la disposición de todos los elementos como en su gráfica, ofreciendo un recorrido lleno de posiciones y matices.

Fundación Prada Milán

Serial Classic en la Fundación Prada. Cortesía: Fundación Prada

 

A estas novedades, bastante más por añadir, aunque entre las arquitectónicas, cabe destacar los dos nuevos edificios de Stefano Boeri cerca de la estación de Porta Garibaldi, y que comúnmente son conocidos como el Bosque vertical. Si vais de paso por la estación o estáis cerca por la noche mientras os tomáis una copa, salid un momento y contempladlos.

No tan reciente, pero probablemente desconocido para los nuevos visitantes a la ciudad, es imprescindible la visita al HangarBicocca, antigua fábrica de Pirelli que ofrece un espacio impresionante. En este caso para empezar con una interesante y divertida exposición de Damián Ortega, para luego quedar absolutamente fascinados ante el nuevo montaje de Double Bind de Juan Muñoz, incluso si se han visto los anteriores, donde el espectador se sitúa frente al legado póstumo del artista español de una forma sorprendente y tremendamente emocionante, fruto del logrado diálogo con este espacio que el diseño expositivo aprovecha magistralmente. Y sin olvidar las maravillosas instalaciones permanentes de Fausto Melotti y Anselm Kiefer, que son siempre una excusa más que suficiente para acercarse a este peculiar y espectacular centro de arte.

Y para terminar, hay que visitar la Triennale, esencialmente para comprobar por qué Germano Celant ha cobrado 750.000 € por sus comisariados para la Expo, ya que lo realizado en la misma no lo justificaba. Pues bien, hay que reconocer que Arts & Foods, al menos en sus dos primeras partes, es una gran exposición. Para empezar, la edad media a la que está dirigida sube considerablemente, sin por ello volverla elitista; al contrario, es una exposición divulgativa, pero en la que se descubren muchos y maravillosos elementos. Entre ellos, bastante cubismo checoslovaco, muy inédito por estos lares, varias cocinas realizadas a partir de los principios de las vanguardias históricas, y piezas más que notables de clásicos como Kounellis o menos conocidos como Jean Maneval. La segunda parte es menos interesante y se convierte en un muestrario prescindible, pero este diálogo entre los espacios y los elementos de la comida a través de la vanguardias artísticas ofrece un magnífico escenario donde jugar con la idea de “ritual cotidiano”. No justifica el sueldo de Celant, pero hace ver que ha intentado ganárselo.

Así que si queréis visitar la Expo, esperamos que nuestros consejos os sean de utilidad y, en cualquier caso, merece la pena pasarse por Milán.