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08 El cine fuera de quicio

  • Abre el Ojo
  • "Nuevos escenarios"
  • Número 01 - 1 de agosto de 2015
Javier Pérez
  • Javier Pérez

Decía Borges, cuando ya era ciego, que eso de acabar por completo con la tradición no tenía sentido. Daba el ejemplo de que, si apareciese una obra, de lo que fuera, lejana a todas las tradiciones, no podría ser entendida, no podría encajar, ubicarse. Es decir, no podría ser obra. La unión de la estética con los modelos establecidos es imprescindible. Y el modelo, lo que permite que veamos las cosas, puede ser un modelo de uso (todos conocemos el exprimidor-araña de Stark), de una explicación o por su formato, como el cine. Como Susan Sontag despotricaba con fidelidad en Contra la interpretación, la opción de la explicación, en su acepción más cargante, deja fuera, inmediatamente, un gran espectro de objetos que pretenden ser estéticos, desde los Talk shows hasta el manido arte conceptual. Muchas veces, cuanto más explicamos una cosa, más evidente es su sensación de cojera.

El cine parece uno de los formatos más fáciles de unirse a la tradición, al modelo. No está tan conceptualizado como los libros y, mucho menos, como los sofás. Uno se sienta o se queda de pie y ve algo en una pantalla que dura un tiempo, un tiempo de más de treinta segundos y ya está viendo cine.

Pero hay películas que rompen el formato y así están a punto de dejar de ser una película. Porque, si cumples unos requisitos, por ejemplo, que dure hora y media y se vea en pantalla, ahora mismo nos parece casi imposible que esa grabación no sea cine. Y quizá, por eso, desde el comienzo, el cine intentó dejar de serlo.

 

No vamos a pasar a esas obras que siempre dicen que son una búsqueda de sentido, sino a las otras, muchísimo más divertidas, que son las que están siempre escapando de él. Las que no pueden dejarse atrapar, ni por usos, ni por explicaciones.

Estoy hablando de cine raruno, pero el raruno que siempre es desternillante, no porque tenga sentido y los chistes nos hagan mover la cabeza de un lado para otro, como queriendo darles la razón, sino porque no pueden tenerla, nos mantienen alejados, constantemente intactos de lo que esperábamos, nos mantienen alejados, en definitiva, de lo absurdo.

Y cuando se dice "humor absurdo", pareciera para muchos que solamente existiesen los maravillosos Monty Python. Sí, empezaremos aquí por su serie, Flying Circus, tan solo ver un fragmento valdría la serie completa. Pero su película disonante, raruna, porque la hicieron a toda velocidad es El sentido de la vida. Después de una película sobre un palestino con nombre inglés, les tomaron en serio en Cannes, lugar del que se habían reído de sus directores fetiche. Cannes significa dinero y tuvieron que moverse rápido. Y salió lo que les salió, un despropósito todavía mayor.

Y cuando decimos humor raruno y pensamos en España, la respuesta es automática: Amanece que no es poco. La película puede estar manida, pero nosotros somos contingentes y ella es necesaria. Nos preguntábamos si la gente de otro país la entendería y después hemos descubierto que no consiste en entenderla, porque eres de un país ajeno, sino que no se puede entender si lo disonante no te toca. Punto. Las cosas sin sentido hablan su lengua, y uno puede, por ejemplo, ver toda la programación de una cadena de televisión como si fuese de humor. Así pasa con la caverna TDT.

Una de las joyas, casi desconocidas para los occidentales, es la gran Kin-Dza-Dza, una película que solamente necesita trece tipos de palabras para hacer entender todo. Después hay miles de guiños al contexto: que si los pantalones de colores son imagen de la Rusia soviética, nombres invertidos, drogas, etc. Pero la verdad es que, aunque no tengas referentes históricos, la película es una de las experiencias más lejanas que hemos tenido del cine, una película que casi no es película.

El humor también puede ser dibujado, por ejemplo, It's Such a Beautiful Day, de Don Herfeldt. Os recomendamos el largo, aunque ya hay pequeños cortos que van circulando en Internet con los comentarios del director. Esta disonancia gringa remarca la importancia de jugar con los silencios, de habitar en la espera, con lo que no ocurre, convirtiéndose la velocidad así en un grito. Se la puede pasar gritando minutos, para que no tenga sentido nada, pero a nosotros, qué quieres que te diga, nos destroza la risa.

The happines of the Katakuri de Takashi Miike

The happines of the Katakuris

Y las películas, muchas veces, lo intentan, intentan demostrar esta Pasión por la estética de lo azaroso, como en las series de Bobobo o de cortos como The External World, o la siguiente película de Takashi Miike, siempre impredecible. Casi cualquier película que se pueda llamar “comedia” de Miike, este director que filma más rápido que su sombra, es una comedia raruna. Todas sus películas o son referencias a géneros hibridados con calzador o son fuerzas de la divergencia. Por recomendar una, citaremos The hapiness of Katakuri, que dicen que es una versión, pero no sabemos muy bien si de Sonrisas y lágrimas, un documental sobre el Camino de Santiago en Japón o una de Godzilla. Miike parece que siempre está rodando más películas que las que puede hacer y se le mezclan en la pantalla.

¿Puede haber una película histórica disonante? Sin duda, la mejor de todos los tiempos es de Parajanov, El color de la granada. Puede ser humor, pero, como todo, hay que saber cómo sentarse.

El color de la granada de Parajanov

El color de la granada de Parajanov