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05 De tendencias y "foodies"

  • Abre el Ojo
  • "Nuevos escenarios"
  • Número 01 - 1 de agosto de 2015
Rosa Moreno Laorga
  • Rosa Moreno Laorga

Actualmente una de las tendencias dominantes es la de los foodies o aficionados a la cultura culinaria (la aparición de modas es transversal y existe en todos los sectores). Este fenómeno es especialmente interesante y su análisis puede extrapolarse a otro tipo de tendencias, ya que partimos de los factores que lo hacen pertinente en este preciso momento. En este caso es fácil someter el fenómeno a diversas lecturas en el ámbito de lo social, puesto que este renovado furor por todo lo comestible cubre necesidades sociales por varios flancos.

En primer lugar, está el factor de la experiencia, pues en una sociedad totalmente sobresaturada de bienes materiales y necesidades creadas en las mesas de las agencias de publicidad no es extraño que subamos un nivel a la hora de querer poseer, y qué mejor bien que el inmaterial (los otros ya no nos caben ni en el trastero aquel que alquilamos por dos duros donde Cristo pegó las tres voces). Adquirir una experiencia que, además, conlleva su posterior narración y que supone una liturgia que es solo para ti, es un placer de lo más accesible. Es posible que no puedas comprarte ese reloj suizo, el TAG Heuer calibre 1887, que ronda los 6.000 euros, ni tú, monina, puedas adquirir aquel Maxibox de Hermés de piel de ternera con similar precio al del peluco de tu chico, pero… haciendo un ajuste aquí y otro allá cualquier economía mínimamente saneada puede permitirse visitar un templo gastronómico y poder vivir aquello que está cansado de leer en las revistas y ver en la televisión. Ni siquiera hace falta ese pequeño ejercicio de contabilidad para ser partícipe de la genialidad de los chefs de moda. Proliferan los multiespacios donde los mejores restaurantes de la ciudad cuentan con un corner donde poder degustar reinterpretaciones de su cocina a precios populares ¿No os suena esto a la utilización del bendito prêt-à-porter en los años 50 por parte de grandes creadores, que hizo accesibles los inalcanzables diseños a estratos de la sociedad que no hubieran soñado con ello?

Vamos a añadir un factor que tiene que ver con lo social: en la actualidad asistimos a la transformación del conocimiento en mercancía, puesto que hoy por hoy y en un plácido bienestar económico regido por la demostración constante y lo fragmentario traducido en imágenes, saber de algo con cierta profundidad nos convierte a los ojos del otro casi en intelectuales. De este modo, proliferan los negocios de productos gourmet especializados (queserías, enotecas, cervezas de importación con amplios programas para maridar su amplia oferta en brebajes, etc.). En estos nuevos lugares de encuentro no solo participamos de un intercambio pecuniario por un alimento, sino que por una cantidad razonable, además de llevarnos a casa un producto especial, compramos una serie de indicaciones que no solo validan un precio sino que nos sitúan entre los cada vez más privilegiados expertos en quesos, vino, cerveza, anchoas o pan de masa madre. Quien nos ha vendido nuestra cuña de queso nos ha hablado de su estrecha relación con el productor (que muchas veces es él mismo), los hermosos pastos donde de manera responsable se alimentan las vacas que producen la leche, el aire fresco que las rodea, el proceso de producción artesano, siempre artesano, el mimo con el que cada pieza es almacenada y transportada hasta tus privilegiadas manos, etc. Después de esta fase comienza la de los sabores y matices, realmente estimulante, qué duda cabe. Aquí los comerciantes se esmeran y sacan a relucir esa vocación perdida de poetas que tal vez tuvieron, el mundo de las apreciaciones gustativas es todo un universo. Hace poco visité una nuevísima y modernísima quesería (buenísima también, todo hay que decirlo) y tras adquirir mi tabla de quesos y todos estos conocimientos, pregunté a mi cicerone si me aconsejaba servir los manjares con o sin su corteza, a lo que me respondió con mirada penetrante y sin dudar: “Siempre con corteza, la corteza cuenta su historia”. En aquel momento le contesté con la misma mirada penetrante y mientras pensaba en lo sexy que resultaba el quesero y en los grados de absurdo esnobismo que hemos alcanzado le contesté con una curiosa mezcla de sumisión y sorna: “Con corteza, claro, siempre con corteza”.

El resto es previsible al extremo: después de preparar la tabla y recibir a mis invitados me tiré el pisto con mis recién adquiridos conocimientos, todos alabaron la elección de cada ejemplar, compartieron mis impresiones sobre las notas amaderadas de uno producido en Herencia y nos sentimos muy felices y exclusivos (todo ello por menos de 50 euros en total). A través de las cortezas, cada elemento nos habló y a mí particularmente me abrió los umbrales de la percepción al unificar realidad y evocación en el siguiente acto: con mi frágil dentadura y la firme intención de conocer la historia de la cuña que iba a probar, me decidí por un recio queso de corteza impenetrable, tanto fue así que acabé en el dentista con el resultado de una funda nueva para una malograda muela. La historia de ese queso producido en un remoto pueblo de una remota provincia de un remoto país al lado de un río resultó costarme una fortuna que no me permitió llegar con holgura a final de mes.

Otra de las dimensiones de esta tendencia es la funcional. Cuando un fenómeno tiene una funcionalidad es muy probable su larga y próspera evolución. La transformación del hábito de alimentarnos en liturgia y ritual moderno pasa por hacer de ello algo excepcional, donde la comida de batalla queda descartada. Si nos fijamos en las personas de menos de 30 años que están a nuestro alrededor, podremos constatar que prácticamente ninguna sabe planificar menús y ejecutarlos. Para la vida moderna la labor de la cocina en general es un estorbo, ya que requiere tiempo, paciencia, precisión y no ofrece mayor beneficio que el placer de degustarla en compañía. El hábito de elaborar preparaciones queda reservado a los profesionales y a las grandes cadenas de alimentación. Si damos una vuelta por el supermercado, observaremos que las baldas de comida procesada (desde salsas, a cremas de verdura, pasando por guisos elaborados al estilo casero) ganan terreno vertiginosamente a las de productos tradicionales. También veremos cómo crece el llamado en hostelería “quinto segmento”, de comida take away, y cómo nuestros restaurantes preferidos ofrecen la posibilidad de llevar a casa cualquier plato que se nos antoje.

De hecho, os invito a hacer un sencillo experimento, que yo he probado infinidad de veces: quedad con amigos modernos, y a una hora estratégica, ya sea el aperitivo o la hora tonta del final de la tarde y el principio de la noche, dirigidlos a un garito chusquero, de esos que tanto les gusta descubrir para revestirlos con la etiqueta de auténticos. Podréis comprobar cómo engullen con voracidad esos san jacobos congelados de maxibolsa del Makro fritos en el aceite que bulle en el caldero de Satán, o cómo se deleitan con ese arroz amarillo que atesora en una cucharada las sobras del menú de ayer, cortadas muy finitas las sardinas de la lata que estaba a punto de caducar y, si hay suerte, alguna gambilla pirata que compartía procedencia con los citados y encantadores san jacobos. No contentos con engullirlo, se permitirán la licencia de exclamar: “¡Pues no está mal esta paellita!”. Sabemos que los modernos son los early adopters y hay que vigilar sus hábitos para poder pronosticar los venideros en el común de los mortales. Después de este experimento podemos constatar que ese día no han comido, o que se han ceñido al menú que practican las pocas veces que comen en casa: una pechuguita de pollo a la plancha con ensalada (obsérvese que viven en la creencia de que un filete de pechuga es una propia pechuga, así el pollo de los modernos estaría formado por unas 16 pechugas de media, un chollazo de animal) y un gazpacho envasado.

Después de jugar a los adivinos con las costumbres alimentarias, observamos que si este escenario se postula como tendencia alcista, muchos serían los agentes implicados y beneficiados: el consumidor final que ahorra tiempo y esfuerzo, los hosteleros que amplían el radio de su consumidor potencial, las empresas dedicadas a la alimentación centradas en producto procesado (con todos los productores y proveedores que participan en esta industria), e incluso de manera colateral empresas creadas expresamente para facilitar el servicio de la comida a domicilio. Eliminando el factor de cocinar por necesidad, la práctica culinaria es absorbida con entusiasmo por la industria del ocio y aquí tenemos los millones de programas de cocina, la proliferación de los nuevos mercados gourmet, el gastroturismo, librerías especializadas, escuelas de cursillos para nuevos aficionados deseosos de conocer secretos que hubieran podido aprender tan solo echando un vistazo al encargado de cocinar en casa, el nuevo menaje del hogar vintage, personalizado, hecho con nuestras propias manos…, lo que te pida el cuerpo con tal de dejar a tus invitados sin aliento. Volvemos pues a la idea de hacer de lo cotidiano un ritual contemporáneo.

Cualquier movimiento social dentro de los hábitos de consumo es susceptible de ser analizado bajo estos parámetros y haciéndolo, podremos anticiparnos a las innovaciones del mañana, pues estas responderán a las necesidades creadas hoy. Es cuestión de atender a las señales y estar siempre vigilantes, explotando ese veneno que nos inoculó el capitalismo llamado neomanía. Lo nuevo nos enseña a relacionarnos con el pasado y a traducir estas formas y paralelismos en el futuro, creando conexiones que seguro serán enriquecedoras para quien sepa leerlas.

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