XIV Bienal de Arquitectura de Venecia (III)

Tras el análisis de la propuesta principal en los Giardini y el Arsenale, no hay que olvidar la invitación que Rem Koolhaas realizó a los pabellones nacionales para interpretar el legado del Movimiento Moderno en arquitectura. Además, un breve recorrido por la ciudad sobre aquellas propuestas que excedían el marco de los Giardini de la Bienal de Venecia.

Tras el análisis de la propuesta principal en los Giardini y el Arsenale, no hay que olvidar la invitación que Rem Koolhaas realizó a los pabellones nacionales para interpretar el legado del Movimiento Moderno en arquitectura. Además, un breve recorrido por la ciudad sobre aquellas propuestas que excedían el marco de los Giardini de la Bienal de Venecia.

[Viene de Bienal de Arquitectura de Venecia (II)]

En efecto, una visita a Venecia supone siempre un abandonarse al azar de las paradas, a la confusión de los caminos y a las sorpresas que esperan por doquier, pero antes hay que cumplir con el recorrido por la Bienal y, sobre todo, con su sentido original: la lucha pacífica entre países, que compiten en los Giardini, lugar donde las naciones históricas tienen su pabellón desde hace más de 100 años. En esta ocasión las naciones se enfrentaban -en principio- no para mostrar las últimas 'moderneces', sino para crear su relato particular sobre lo que ha supuesto la "Modernidad" en sus territorios en la última centuria, marcando su inicio en el simbólico 1914.

Como resumen, podemos decir que el seguimiento de lo propuesto por Koolhaas ha sido ha sido bastante mayoritario, lo que ya se podría considerar un éxito. ¿Pero qué ha aportado esa suma de miradas nacionales? En la mayoría de los casos este experimento no ha pasado de una revisión de la historia propia, constatándose únicamente que la Modernidad en arquitectura se ha convertido en tradición. Sin duda, el Movimiento Moderno viene reconocido aquí, no podía ser de otra forma, viendo su importancia histórica, pero queda reducido justo a eso, a historia sin proyección hacia el futuro, por lo que deja cierta insatisfacción como experimento teórico.

Y desde el punto de vista de la puesta en escena, lo que abunda este año en los pabellones nacionales son aquellos formatos tan apreciados por el gremio de la arquitectura, consistentes en numerosas fichas expuestas con varios proyectos, no diferenciándose mucho de lo que podría haberse contado en otro formato como un libro. Aun así, ha habido distintos pabellones que merecen atención: el León de Oro fue para Corea del Sur, una presentación más de proyectos, aunque lejos simplemente de los meramente formales, con un trasfondo político elogiable. Entre las revisiones históricas, merecido premio al pabellón de Chile, no muy intuitivo, pero interesante en su planteamiento, a partir de un elemento tan contundente como un bloque de hormigón prefabricado, que permitía contar la historia reciente de Chile, sus ideologías y derivas políticas.

Además, en los Giardini, Gran Bretaña refresca la rica historia de esta “modernidad” en su territorio, generando interesantes asociaciones desde la literatura a la arquitectura, de la ruina al brutalismo, de las ciudades jardín a las tendencias más cercanas. Francia, con su Modernity: promise or menace? muestra con soltura y atractivo las contradicciones y puntos de vista dispares sobre el Movimiento Moderno a través de la prefabricación ejemplificada por Jean Prouvé y la Villa Arpel del fascinante film Mon Oncle de Jacques Tati. Estados Unidos hizo mucho ruido con OfficeUS, gran archivo e impecable publicación, que muestra la historia actual de la arquitectura en Estados Unidos por medio de la lente de la exportación, situando la figura del estudio de arquitectura en el centro de la misma. Y España, con una buena selección de proyectos, pero ignorando la invitación de Koolhaas, ha pasado bastante desapercibida.

 

Por otro lado, curiosamente el término “graft” ha estado muy presente en el inicio de esta Bienal, en primer lugar por la corrupción política que ha salpicado a la práctica totalidad de la clase dirigente en Venecia en torno a la construcción de los diques de la Laguna, el Moisés, pero también por estar en el título del pabellón de Italia y en el de Cataluña, para sorpresa de ambos, que no optaban por el significado delictivo y sí por la idea de injerto o inserción en un tejido social, llevada a cabo en ambos casos con fortuna y corrección, aunque sin grandes sorpresas.

 

Entre los pabellones desperdigados por la ciudad, destacar el correcto debut de Nueva Zelanda y, sobre todo, el pabellón de Luxemburgo (al que pertenece la portada de este artículo), donde se exhiben 5 investigaciones para rastrear el camino de la insaciable modernidad y las decisiones que plantea frente a la tradición, constituyendo un particular y exhaustivo diario en ruta, interesante por su contenido y puesta en escena.

 

Y entre los eventos paralelos, Death in Venice, que muestra los lugares vinculados a la vida y la muerte en Londres en los últimos 100 años a través de distintos y atractivos formatos; y The space that remains: Yao Jui-Chung’s ruins series, fascinantes ruinas presentadas como el “otro” de la arquitectura, su condena y la constatación del paso del tiempo, pero que ahora cobran vigencia como metáfora de nuestro tiempo y de los propios movimientos arquitectónicos.

 

Y por hacer un resumen muy rápido de todas las demás actividades, considerable presencia, pero sin gran impacto, de Hiroshi Sugimoto, el programa del Off Biennale, con las charlas Architects meet in Fuoribiennale, y los grandes museos de arte contemporáneo y las propuestas contemporáneas de instituciones más tradicionales, entre los que citar el juego de sentidos a través de la luz en el Palazzo Grassi y a través del sonido en la Fundación Prada, sin olvidar la intervención en el maravilloso Palazzo Fortuny a través de fotografías de mujeres, especialmente Dora Maar, la continuación de Prima Materia en la Punta della Dogana, la apertura a piezas contemporáneas de Ca’ Pesaro, Ca' d'Oro…

 

Y no hace falta continuar para darnos cuenta de que los atractivos no faltan, por lo que el balance de esta edición de la bienal de arquitectura no es malo, pero deja insatisfechos frente a las altas expectativas que había generado. La arquitectura debería responder a las necesidades de su tiempo y no hacer oídos sordos a sus habitantes, a las cuestiones sociales a las que en otras épocas la arquitectura ha respondido, responsabilizándose de las condiciones del habitar.

Es por esto que, tras una época de arquitectura retórica en busca de iconos más que de edificios y en plena crisis de trabajo e ideas, urge reflexión, refundar teóricamente el papel del arquitecto y encontrar nuevas dinámicas y posibilidades. Por ello, parecía Koolhaas el mesías ideal, habiendo interpretado lúcidamente tantas veces su tiempo, pero su repliegue formal, su dispar planteamiento y la sensación de mirar más al pasado que al futuro no crea los fundamentos del porvenir.

Se le ha de reconocer al menos discurso en el Pabellón Central –cosa extraña en las últimas bienales–, ciertos aciertos y sorpresas en el Arsenale, y una mayoritaria respuesta en los pabellones nacionales, pero no sé si es suficiente para que podamos hablar de sentar unas premisas sobre lo que está por venir. Quizás esta bienal, celebrada en los Giardini por arquitectos y por visitantes en el Arsenale, dé pie a hablar y pensar en profundidad los fundamentos teóricos, epistemológicos, ontológicos y existenciales de la arquitectura. Si fuera así, pasará a la historia como uno de los impulsos más importantes, pero me temo que, por desgracia, para alguien que ha teorizado tanto y bien como Koolhaas, esta bienal quede como un revisionismo necesario con baja potencia propositiva.

Por último, unas palabras sobre la publicación, que contaba con una de las grandes diseñadoras gráficas de los últimos años, Irma Boom. Son publicaciones muy cuidadas en sus “elementos” (cada una de las partes en las que dividía su discursos Koolhaas en el Pabellón Central de los Giardini; únicamente en inglés), y un catálogo general similar a otros anteriores. Un avance contar con estas otras publicaciones, donde la investigación y la rigurosidad son más palpables que en la exposición, pero una pena que la Biennale renuncie a las publicaciones digitales, que permitían tener fotos de las instalaciones in situ, por no hablar de todas las demás ventajas en distribución y medios expresivos, como el acceso a otra serie de contenidos como entrevistas y vídeos de forma más unitaria y actualizada. Quizás sea coherente con una Bienal que ha mirado principalmente hacia atrás.

 

Imágenes: Pedro Medina y Bienal de Venecia. Cortesía: Bienal de Venecia

 

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