Para no perderse en la Bienal de Venecia I

Es fácil perderse en la gran oferta cultural de Venecia y su bienal de arte. He aquí algunos consejos sobre la LIV Biennale, empezando por su formato y por las obras del Arsenale.

La Bienal de Venecia es un punto de encuentro cada vez más concurrido, si atendemos a unas cifras de asistentes y participantes siempre ascendentes. Este escaparate global es al que se entrega una masa creciente de participaciones nacionales, que en esta 54ª edición ha llegado al número de 89, frente a las 77 de la última bienal.

A este modelo de competición entre pabellones nacionales, acompaña la exposición principal situada cada año en el Arsenale y en el pabellón central de los Giardini, que viene a aportar otras cerca de 100 exposiciones individuales dentro de la principal, a las que se suman todos los eventos paralelos. Este año se han aprobado 50 de más de 5.000 peticiones, a los que se unen otras tantas actividades más que visten la ciudad de Bienal, aunque no pertenezcan al programa oficial.

Todo ello convierte cada visita en una borrachera de arte, por lo que convendría pensar cuál es el modo de ver que esta cantidad de exposiciones configura y cómo éste determina el acercamiento del espectador a la visión de conjunto que ofrece la Bienal. ¿Se puede abarcar todo? ¿Se puede atender a propuestas de más calado o investigación en la que estudiar sus archivos? Sin duda, este formato privilegia las piezas más llamativas y dificulta que se aprecien otras donde la investigación y lo procesual son más relevantes.

Por esto mismo, vamos a hacer un recorrido por la Bienal para que cada viajero decida su itinerario ante la práctica imposibilidad de ver todo, aunque siempre hay que perderse por Venecia, entregados a la sugerente incertidumbre de las paradas y con los ojos bien abiertos a nuevos descubrimientos.

Arsenale: ILLUMInazioni-ILLUMInations

Comenzaremos por uno de los espacios obligados, pues siempre hay que atender la exposición principal de la Bienal. Este año Bice Curiger ha sido la encargada de proponer un discurso que aportara “luz” a los distintos panoramas del arte actual. Estas ILUMInaciones se crearon con la pretensión de ir más allá de fronteras, reivindicando el potencial del arte para “experimentar nuevas formas de comunidad, negociar diferencias y afinidades de manera ejemplar para el futuro”.

Más adelante, tras recorrer el Pabellón La Biennale de los Giardini, valoraremos si lo ha conseguido, aunque en esta parte la puesta en escena de esta idea resulta confusa, deja frío al espectador, aunque al menos se pueden salvar propuestas como los parapabellones, en los que artistas invitan a otros artistas, destacando las construcciones de Song Dong. Y en medio de esta sucesión de obras sin un discurso fuerte que las una, van apareciendo algunos artistas interesantes: si nunca has visto obras de James Turrell, te sorprenderán sus juegos lumínicos; la extraña monumentalidad en extinción de Urs Fischer impacta despertando admiración en unos y desprecio en otros; la historia reescrita a través de los microfilms de Elisabetta Benassi merece atención, aunque ya evidencia un mal endémico de esta bienal: cartelas en absoluto explicativas, lo que impide que el espectador aprecie la obra si no conoce el idioma; y el documental sobre exmineros sicilianos realizado por Marinella Senatore, que es uno de los mejor mostrados en el catálogo para iPad, del que hablaremos en la sección dedicada a la Bienal Virtual.

También deberían destacar los artistas que han recibido los premios oficiales, aunque generando en muchos casos más perplejidad que reconocimiento, como es el caso de los Leones de Oro a la carrera a la estadounidense Sturtevant y al austriaco Franz West, las delicadas piezas del León de Plata al artista joven Haroon Mirza, presente también en el Pabellón Central de los Giardini, pero han desconcertado especialmente las papeleras de la mención especial del jurado Klara Lidén. No obstante, donde ha habido unanimidad ha sido con el León de Oro al mejor artista, que ha sido concedido a Christian Marclay por el magistral montaje de The Clock, una obra que dura 24 horas y cuya narración se va construyendo con fragmentos de películas clásicas donde todas las horas en punto coinciden con el reloj del asistente a este espectáculo.

Arsenale: un hito para la historia de la infamia expositiva

Tras la sección principal comprobamos cómo con el paso de los años han ido apareciendo otros pabellones nacionales dentro de este espacio, entre los que destacaba la propuesta artístico-medioambiental de Ayse Erkmen en Turquía, Fernando Prats en Chile y especialmente la propuesta del IILA, con obras sobre la independencia política y su representación, junto a varias cuestiones sobre el patrimonio cultural y natural de estos países, hechos que quedan bien reflejados en las reflexivas piezas de Alexander Apóstol y María Rosa Jijón.

Tras estos pabellones se podían ver en los días de la vernissage manifestaciones por la liberación de Ai Weiwei delante del Pabellón de China, presente en esos días más que nunca, aunque el verdadero shock ha sido el escandaloso Pabellón Italia a cargo del siempre polémico Vittorio Sgarbi.

El disparate creado en este pabellón es fruto del modus operandi propuesto por Sgarbi, que ha consistido en pedir a 200 intelectuales que eligieran a los maestros actuales del arte italiano, “padrinos” de una legión de artistas que se extendían como una masa heterogénea a lo largo, ancho y alto de 6.000 m² en el montaje que tenía que improvisar continuamente Benedetta Tagliabue ante el descontrolado crecimiento de obras. Y es que, por encima de las 200 elecciones, estaba el “fondo Sgarbi” que el comisario se reserva para invitar a otras personalidades del mundo del arte y que hace que la exposición siga acercándose, añadido tras añadido, a la obra de 300 artistas, como fruto de descubrimientos personales o “cortesías” varias, lo que provoca que obras vayan a 7 metros de altura o terminen mutiladas. Pero no pasa nada, casi todos contentos con apuntarse en el CV una presencia en la Bienal, aunque haya sido en un contexto que recuerda más a un mercadillo de tercera que a un pabellón de la Bienal de Venecia.

Todo esto es producto de ese circo que es la política italiana, llena de nepotismo y elecciones personales que dotan de poder a personajes como el televisivo Sgarbi sin pasar por concurso público alguno, primero como persona a cargo del patrimonio cultural de Venecia y luego como comisario de este pabellón para la Bienal, que ha involucrado incluso a los museos estatales de la ciudad dejándolos indefensos ante los caprichos de Sgarbi. En cualquier caso, es evidente que esta propuesta difícilmente va a lanzar o mejorar la imagen internacional de Italia.

Lo más sencillo sería reírse de todo, como el gran neón que coronaba el Pabellón Italia: “L’ARTE non è Cosa Nostra”, para terminar en esa grotesca misa en la que se hace carne el cuerpo de Italia, sin embargo, esta liturgia evidencia estridentemente modelos insostenibles que hunden aún más a la otrora resplandeciente Italia, sumida ahora en una dolorosa decadencia.

Fotografías: cortesía de la Bienal de Venecia.

Continúa en Para no perderse en la Bienal de Venecia II


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