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Clásicos coleccionables: Lyonel Feininger

EE.UU. – Alemania (Nueva York, 1871 – 1956)
Artista visual

Lo que caracterizó, y lo que hace tan interesante, a Lyonel Feininger fue su “no pertenencia”. Siendo adolescente emigró de los Estados Unidos a Europa, donde era considerado el pintor americano, a su regreso a América, sería el pintor alemán.

Feininger supo aprovechar esta situación que le otorgaba una libertad muy difícil de encontrar en los vanguardistas europeos, más fieles a los manifiestos con los que se sentían identificados, mucho más comprometidos política y socialmente y con una tradición a la que tenían gran respeto. Por eso, Lyonel Feininger experimentó con muchas de las innovaciones europeas, pero no se adscribió seriamente a ninguna, solo tomó aquello que le vino bien para sus trabajos, acercándose superficialmente al verdadero compromiso de los ismos del siglo XX.

INICIOS EN EL CÓMIC Y LA CARICATURA

Lyonel Feininger nació en Nueva York en el seno de una familia de músicos, situación que les obligaba a viajar frecuentemente, por lo que esperaban que Lyonel también hiciera carrera como músico para poder viajar con ellos. Pero desde muy pronto el muchacho se mostró poco interesado por la música, y su mayor deseo era convertirse en dibujante.

En 1887 consiguió convencer a sus padres para quedarse en Hamburgo, donde se matriculó en la Allgemeine Gewerbeschule, una escuela de artes y oficios donde debió tomar sus primeras clases de dibujo dentro de una institución especializada. Un año después se marchó a Berlín para ingresar en la Real Academia. Pero aunque esta primera enseñanza se basó en un estudio académico del dibujo, el joven Feininger siempre mantuvo sus propios gustos, que por entonces se centraban en el cómic y la caricatura. Sus referencias fueron el alemán Wilhelm Busch, y los americanos Eugene Zimmerman y Arthur Burdett Frost.

Su insistencia en el dibujo de caricaturas pronto alcanzó sus frutos, ya que consiguió publicar en la revista de humor berlinesa Humoristische Blätter en 1890, y en 1892 en el suplemento en blanco y negro para jóvenes de la revista americana Harper and Brother. Pero sus colaboraciones solo fueron esporádicas. Esta situación cambió en 1895 cuando la revista alemana Ulk le ofreció un trabajo más regular. Y, además, en 1896 también comenzó a trabajar para la Lustige Blätter, una revista que le permitió evolucionar en sus dibujos, ya que mientras Ulk era una publicación de grabado tradicional, Lustige Blätter ya había incorporado el medio tono, técnica que permitía que los dibujos pudieran elaborarse con diferentes tonalidades de grises y degradados. La unión de Feininger a estas revistas duró catorce años en los que publicó regularmente sus dibujos.

Pero los trabajos de Feininger más conocidos como dibujante fueron los que hizo para la publicación americana Chicago Tribune. En 1906 James Keely, director del periódico, fue hasta Alemania buscando humoristas gráficos para que trabajaran para él, ya que por aquel entonces gran parte de los habitantes de Chicago eran emigrantes alemanes. En esta revista Feininger creó las dos historietas más importantes de su carrera, ya que fue él quien inventó las historias y quien creó a los personajes: The Kin-der-Kids y Wee Willie Winkies World. La vida de ambas historietas terminó de forma abrupta debido a las muchas desavenencias con el editor.

Esta primera etapa como caricaturista fue decisiva en todo su trabajo posterior como pintor. En primer lugar, la línea y el dibujo siempre se mantuvieron como elementos importantes en prácticamente casi todas sus obras, tanto que muchos de sus primeros cuadros fueron precedidos por dibujos y grabados que luego pasaba al lienzo, donde solo experimentaba con los colores y la forma de aplicar el óleo. Y en segundo lugar, tampoco abandonó las formas reconocibles, Feininger nunca llegó a la abstracción total en sus obras, pero tampoco copió del natural, puesto que su condición de caricaturista le otorgó un ojo crítico y deformador con el que veía las cosas a través de un prisma propio que nada tenía que ver con el naturalismo.

DE LA IMPRENTA AL LIENZO

En el verano de 1906 Feininger se trasladó a París, donde comenzó su carrera como pintor, pero este cambio no fue de ningún modo drástico, sino que la evolución procedió de forma muy natural.

En la capital francesa acudió a la Academia Colarossi, donde comenzó a adentrarse de lleno en el estudio de la pintura, pero a la vez, siguió con sus trabajos como dibujante profesional para poder mantenerse económicamente, de ahí que prácticamente todas esas primeras pinturas que hizo allí mantuvieron muchos rasgos de sus cómics y caricaturas, es decir, las inquietudes que planteaba en sus ilustraciones, pasarían a sus lienzos, evolucionando gracias a la propia ciudad de París, el ambiente artístico en que se movió y los descubrimientos literarios, sobre todo, dos lecturas: Los misterios de París de Eugène Sue (1842) y Los Miserables de Víctor Hugo (1862). Ambas novelas del romanticismo francés dejaron huella en su obra, siempre teñida de un espíritu romántico que más adelante mezcló con lo que aprendió del romanticismo alemán.

En definitiva, Feininger no mostró pudor al mezclar su madurez temática con una estética que mantuvo el gusto por el dibujo exagerado de la caricatura, de forma que su estilo se apartaba de cualquier corriente; de hecho, no hay un vanguardismo como tal en sus trabajos, pero lo que sí contienen es la cualidad de la excepción, sus obras son inclasificables.

LOS ISMOS EN LA OBRA DE FEININGER

Es cierto que Feininger siempre mantuvo mucha relación con artistas de vanguardia, pero no formó parte de ninguno de los grupos que entonces proliferaban por Europa. Por ejemplo, en París conoció los primeros trabajos de Robert Delaunay, que le influyeron de forma decisiva en lo que a técnica se refiere, ya que comenzó a investigar con la esquematización geométrica de los objetos, dividiéndolos en áreas de luz, mediante una especie de cristalización superficial, que poco tenía que ver con la verdadera fragmentación cubista; es más, el propio Feininger hablaba de su estilo como “Prisma-ismo”, era pues, consciente de que realmente no estaba haciendo cubismo.

Por otra parte, aunque en muchas publicaciones se le denomina pintor expresionista por sus estrechos lazos con los miembros de El Jinete Azul, lo cierto es que dicha relación con los expresionistas alemanes puede reducirse a la amistad y camaradería, ya que ni sus obras contienen la violencia de El Puente, ni su aún acidez caricaturesca encajaba con la espiritualidad de El Jinente Azul.

Lo que sí caló hondo en Feininger fue esa vuelta a lo gótico a través del Romanticismo alemán que promovieron los expresionistas. Este tema fue determinante en muchas de sus pinturas, al menos estéticamente, y para ello fue a las propias fuentes, ya que muchas de sus composiciones están directamente extraídas de los cuadros de Carl Gustav Carus y, sobre todo, de Caspar David Friedrich. Estos dos famosos pintores del Romanticismo alemán se distinguieron por sus pinturas de paisajes místicos, sus representaciones de iglesias góticas y también el gusto por las ruinas. Los mismos temas fueron retomados por Feininger, y en todas las pinturas que los incluía había dos monumentos que le dejaron tan impresionado que los repitió incansablemente durante toda su vida: la iglesia de Gelmeroda en Turingia y las ruinas góticas de Pomerania. Con ambas quería representar una decadencia melancólica que apenas era compartida entre los pintores expresionistas, una muestra más de su no pertenencia real al grupo.

Feininger trabajaba en sus bocetos y apuntes del natural casi de forma automática, mucho tiempo después lo que utilizó para realizar sus pinturas fue esa sensación que sentía cuando los tomó, y la imagen idealizada de estos, de ahí que sus imágenes adquirieran un halo de irrealidad y misticismo que poco tenía que ver con lo que se estaba haciendo entonces en las vanguardias.

Otro de los temas que Feininger recogió directamente de los románticos fue el de las marinas y los barcos. Su significación de lugar errante perdido en la inmensidad del mar le atraía, aunque, en el fondo, Feininger tenía la capacidad de ver con ojos románticos cualquier cosa, incluso los paisajes urbanos de su última etapa en Nueva York. En todos estos temas Feininger nos devuelve una imagen caleidoscópica llena de un misticismo que le caracterizó desde ese encuentro con el Romanticismo alemán.

BAUHAUS Y LA VUELTA A ESTADOS UNIDOS

En 1919 Walter Gropius llamó a Feininger para que colaborara en su proyecto de la creación de una escuela de artes y oficios, para ello, Gropius había escrito un manifiesto, y fue Feininger quien puso la imagen en él, una catedral iluminada por estrellas. Esta obra representaba perfectamente esa idea de vuelta a una época mejor, al redescubrimiento de los talleres de artesanos, a la espiritualidad perdida, que también era lo que Feininger buscaba en muchas de sus obras. Por primera vez, desde que dejara su trabajo como dibujante de cómics, se le presentaba la oportunidad de tener una mayor estabilidad económica y, además, su incursión en la enseñanza fue muy productiva, ya que el magnífico taller de grabado de la Bauhaus, que él dirigía, le permitió investigar muy productivamente en el grabado en madera.

En 1932, cuando la escuela estaba en pleno rendimiento en Dessau, los nazis la cerraron, y todos se tuvieron que trasladar a Berlín trasformando la Bauhaus en academia privada. Como consecuencia de todos estos altercados, y de sus preocupaciones por su situación de ciudadano extranjero, Feininger apenas volvió a pintar nada. Desde 1930 solo había repetido temas anteriores sin tener fuerzas para innovar, pero, sobre todo, comenzó a abandonar esas capas transparentes que iluminaban sus lienzos para aplicar colores sólidos, mucho más opacos. Además, los motivos de sus cuadros cada vez aparecían más reducidos en medio de la inmensidad del mar o de parajes desolados, dando la sensación de soledad extrema y melancolía.

Finalmente, en 1937, se marchó a los Estados Unidos con su esposa para intentar rehacer su vida, sin los amigos que le habían acompañado durante tanto tiempo. La vuelta fue muy dura para él, que se encontraba lejos de la que consideraba su casa, prueba de ello son las numerosas cartas que escribía a sus compañeros, a quienes tanto echaba de menos. Y su adaptación fue lenta.

En un principio, Feininger retomó las temáticas alemanas, aquellos lugares que le recordaban otro tiempo, y sus trabajos como muralista eran realmente una repetición de lo anterior. Fue más tarde cuando comenzó a dejarse enamorar por los nuevos paisajes que iba descubriendo en Connecticut, San Francisco y, por supuesto, en Nueva York. Los parajes de los alrededores de Weimar comenzaron a dejar paso a nuevas naturalezas, y las catedrales góticas fueron sustituidas por el skyline de Manhattan. El dibujo y la línea volvieron a dominar sus lienzos.

Ni esos últimos años en Alemania, ni los que le siguieron en Estados Unidos, son comparables a los de sus primeras etapas de crecimiento artístico y búsqueda de innovaciones. Ya en su madurez volvió una y otra vez a los viejos temas y repasó las diferentes técnicas y estilos que había creado en su juventud. Parece como si él mismo dedicase el final de su vida a repasar lo que ya hizo, a vivir una época mejor, que desde luego, ya no necesitaba buscar en el Medievo, le bastaba con recordar su propia vida artística.

El propio repaso de Feininger nos sirve para terminar un recorrido en el que cada huella del camino se mantuvo en el paso siguiente, porque Feininger, constructor de su propio estilo, nunca abandonó sus hallazgos, los cuidó y los perfeccionó siempre. Aunque esta etapa contenga esa tristeza de la dura vida que le tocó sufrir, con dos guerras de dimensiones hasta entonces desconocidas, la pérdida de grandes compañeros y su exilio, la ternura y ese empeño pueril en volver a algún momento mejor, hacen que estas obras sean el mejor legado que pudo dejarnos.

BIBLIOGRAFÍA

Ulrich Luckhardt: Lyonel Feininger, Múnich: Prestel, 1989.
Mark Tobey: Years of friendship, 1944-1956: the correspondence of Lyonel Feininger and Mark Tobey, ed. de Achim Moeller, Ostfildern-Ruit: Hatje Cantz, 2006.
AA.VV.: Lyonel Feininger, Drawings and Watercolors, Nueva York: Serge Sabarsky Gallery, 1979.
AA.VV.: Lyonel Feininger: Opere dalle collezioni private italiane. Contributi critici di Wolfgang Büche, Danilo Curti-Feininger, T. Lux Feininger, Milán: Skira, 2007.

Texto: Celia Conejero
Artículo publicado en el Nº 19 de la revista Abre el Ojo.

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