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What design can do 2011

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¿Cómo puede contribuir el diseño a la sociedad? Esta cuestión, tantas veces pronunciada, tantas veces contestada y nuevamente respondida –aunque sean siempre diferentes las palabras–, es la razón de ser del WDCD, que nace en Ámsterdam uniendo a arquitectos, diseñadores y pensadores.

Viejas nuevas actitudes para el cambio. What design can do 2011.

Cuando hace ya unos meses que el bullicio de conferencias, charlas y sesiones participativas se acalló en el Stadsschouwburg de Ámsterdam, llega el momento de repasar lo que ha significado la primera edición de este nuevo punto de encuentro del diseño.

El WDCD (26 y 27 de mayo de 2011) nace con la aspiración de redefinir (nuevamente) la dirección del diseño en este continuo reinterpretarse en paralelo a la cambiante realidad y sus retos. Y lo hace desde un posicionamiento que revitaliza el compromiso de la disciplina con la sociedad. No se trata necesariamente de decidir con quien se hace el recorrido: grandes corporaciones, pequeñas economías locales o sectores desfavorecidos, pero sí de cuestionar lo que Rohan Shivkumar define como el nuevo mito del mercado, ante el que, con cierto cinismo, se diluye la responsabilidad individual bajo la fórmula “el mercado lo pide, no podemos mirar al bien común”.

La pregunta central del debate ha girado nuevamente en torno a las capacidades del diseño para contribuir en la sociedad de un modo positivo. Se diría que el optimismo sobre sus capacidades, cada vez mayores, es más realista que utópico y quizás más limitado en su auto-percepción. Adélia Borges lo manifiesta de forma clara: “El diseño no puede cambiar el mundo, pero puede ayudar a cambiar el mundo. Se necesita menos ego y sentimiento de omnipotencia y mayor humildad y espíritu de colaboración”. De igual modo, Jacob van Rijs de MVRDV reconoce que “las soluciones de diseño inteligentes pueden mejorar las cosas, aunque el diseño por si solo no es suficiente”.

Estas afirmaciones descreídas no se contradicen con la manifiesta intención de cambio existente en la práctica del diseño de muchos de los proyectos presentados, ya sea desde el carácter resolutivo que ha definido tradicionalmente la evolución técnica, como desde el enjuiciamiento de los significados y valores del mundo que hemos construido. Y en ambos, una gran polifonía de enfoques y objetivos, dirigidos a lograr una contribución significativa.

Por un lado, se encuentran aquellos que focalizan su conocimiento en buscar soluciones para los problemas a los que se enfrenta la sociedad en su desarrollo, ya sea en los países ricos, emergentes o pobres. El proyecto Relief Housing de Dror puede no suponer una mejora en la realidad de aquellos que viven en infraviviendas, pero dota a sus construcciones de resistencia frente a los agentes medioambientales. A otra escala, macro, tanto MVRDV con su Pig City, como el proyecto Oogst de Frank Tjepkema plantean alternativas –reales o discursivas– para satisfacer la demanda de alimento y energía en lo que serán las nuevas ciudades superpobladas (en este caso, centradas en el contexto holandés).

Por otro lado, hay quienes se dedican a cuestionar las concepciones asumidas, las ausencias o exclusiones en el discurso, a suscitar interés sobre temas específicos o también a enjuiciar nuestra propia actitud y comportamiento; ya sea desde prácticas que se sitúan cercanas al activismo, al arte o a las diferentes disciplinas del diseño. La mirada de Daniel Eatock sobre la realidad dignifica el mundo indiferente dotándolo de interés en su propia elección, pero sobre todo reclama mantener una actitud de abierta curiosidad, que es la suya, y a la que invita a ser partícipes a los demás, aceptando su juego de búsqueda de ready-mades visuales. Este no es sino un acercamiento a la realidad limpia de la pátina miope de la rutina. Para lograrlo no hace falta más que “pararse, mirar, escuchar”. Julia Lohman comparte su cuestionamiento de las percepciones colectivas, de aquello que es considerado adecuado y aquello que queda fuera de la norma, desvelando su construcción convencional. Tanto sus lámparas Rumian Bloom como los jarrones Tidal Ossuary reconsideran aquello que es entendido como adecuado y bello mediante el uso de materiales de desecho: estómagos de vaca y huesos de animales. Su interés por recalcar los orígenes naturales de los objetos se explicita si cabe más en las Cow Benches, piezas en cuya lectura –cuando nos alejamos de su preocupación estética– reside el cuestionamiento de nuestras prácticas con los animales y su necesidad actual.

La identidad propia y su legítima defensa frente al discurso homogeneizador forma parte de las actividades de la Fundación Khatt, que en la actualidad promociona el desarrollo tipográfico contemporáneo en el mundo árabe. La resistencia frente a la mirada occidental sobre los productos realizados en la mal denominada periferia –a medio camino entre la fascinación por el exotismo y la degradación cualitativa– es central en el discurso de Adèlia Borges, teórica y comisaria, que coopera con las estructuras artesanales existentes en Brasil.

La práctica de uno de los grandes (e inevitablemente polémico) referentes de la comunicación visual, como es Oliviero Toscani, al igual que la iniciativa Venice is not shinking del también italiano Giorgio Camuffo manifiestan la capacidad de la imagen para generar notoriedad, situando en el centro del debate temas que no se encontraban allí. Como insiste Toscani: “El diseño ha de recuperar su papel de voz de la cultura”, si bien, cuestiona que el camino para lograrlo sea el del consenso frente a la pasión individual, pues este es el miedo a fallar, a la réplica, lo que conduce a la repetición, cuando no a la mediocridad más banal.

A medio camino entre el cuestionamiento y la proposición, se sitúa Paul Dib, quien representa en el WDCD el nuevo enfoque del diseño de carácter inclusivo y participativo, menos preocupado por el artefacto resultante de la acción del diseño y más por las consecuencias sociales que puede generar el propio proceso. Así, la acción del diseño puede ser tanto favorecer la integración y reducir la violencia en las aulas de un colegio londinense, como colaborar en el desarrollo de material didáctico a partir de recursos locales en Mozambique. Para lograrlo el diseñador no puede mantenerse distante, no llega con una solución. La participación, el compromiso y la inmersión para que las propias perspectivas comprendan la realidad de lo que es ajeno, son tan importantes como generar la confianza mutua para poder iniciar el proceso de co-creación de la solución.

Estas son las bases del diseño comprometido, compartido y difundido en Ámsterdam durante dos días. Transcribo las últimas líneas de auto-conclusión del evento: “Los diseñadores pueden y tienen que dar el primer paso, pero cambiar el mundo no está solo en sus manos. Aun así, no puede ser una excusa para cruzarse de brazos”.

Durante el WDCD se desarrolló una publicación que recopila las ideas principales. Puede descargarse desde el siguiente enlace: WDCD Book.

Texto: Javier Peña

Artículo publicado en el Nº 18 de la revista Abre el Ojo.

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  1. muy bien

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