Cada vez es más común ver cómo las plazas de nuestra ciudad se convierten en pabellones de un recinto ferial, stands y tablones publicitarios para todo aquel que pueda pagar, ¿se puede reconquistar el espacio público?
A veces la ciudad nos da la espalda. La ciudad, un animal vivo y complejo; que se alimenta y que enferma. Esta urbe tiene su propio lenguaje corporal: hace que se muestre más o menos dispuesta, más o menos viva. Imaginemos, por ejemplo, que los balcones de los edificios son los ojos de la ciudad. De esta manera, los vecinos del edificio miran sus calles: qué es lo que en ellas sucede? Si hay algún problema, los vecinos lo oirán, los ojos serán testigos. En cambio, si esos miran hacia dentro, hacia parques interiores o campos de tenis, no habrá vida que pueda danzar más allá de esos muros. Las aceras se apagan.
Otro síntoma de una ciudad ajena es lo siguiente: lo que antes era una plaza con bancos y jardines, de pronto se convierte en una enorme explanada de cemento donde nosotros, sangre de sus arterias, nos es más difícil relacionarnos, y nos limitamos a flotar sobre ella como si de una cinta transportadora se tratara. Y esta imagen animista encuentra sustento en “Muerte y vida de las grandes ciudades”, libro que publicó Jane Jacobs hace ya cincuenta años.
EL PASEO DE JANE
Jane Butzner Jacobs (Scranton, 4 de mayo de 1916 — Toronto, 25 de abril de 2006) era una activista, escritora y urbanista que, aun no siendo arquitecta, ha recibido el reconocimiento de su obra en torno a la ciudad en todo el mundo. Coincidiendo con la fecha de su cumpleaños, el primer fin de semana de mayo se celebra el Jane’s walk, un evento en honor a las ideas de Jane Jacobs. Consiste en rutas de paseo alrededor de la metrópoli, en los que los vecinos analizan el funcionamiento de esta, así como las relaciones que se producen en la misma, ejercitando la visión crítica de qué es lo que le sucede a la gran bestia. Paseando, el participante conoce la ciudad, va uniendo las piezas del puzzle que compone ese espacio que habitamos y que hacemos nuestro. El alquimista Paracelso dijo lo siguiente: “Quien no conoce nada, no ama nada. Quien no puede hacer nada, no comprende nada. Quien nada comprende, nada vale”.
Este año el paseo de Jane también se llevó a cabo en Madrid los días 7 y 8 de mayo de 2011, a través de tres itinerarios que cubrieron los barrios de Lavapiés, Latina, Malasaña y Centro de Madrid. Uno de los objetivos era hacer un repaso a la problemática actual en cada barrio. Ejemplos son el Parque de la Cornisa y los jardines cercanos a Ronda de Segovia, donde el Plan del Ayuntamiento de Madrid y el Arzobispado prevé una reforma urbanística. Los vecinos cercanos han creado una plataforma en contra de la destrucción de una de las pocas zonas verdes con las que cuenta la ciudad. Otro ejemplo es lo sucedido en la conocida “Plaza de la Luna”, un espacio transformado en un solar-aparcamiento para los coches de la policía. Para aquellos que deseen encontrar más información, no hay nada como zambullirse en la lectura del blog El paseo de Jane y páginas webs relacionadas.
CEMENTO Y LÍRICA
La ciudad tiene una fuerza productiva propia que viene dada por su propia diversidad.
La ciudad no contiene mercancía vendible.
Hay quien piensa que puede ser una obra de arte; hay quien piensa que la ciudad se puede proyectar.
Las ideas prácticas de Jane Jacobs se enfrentan con el sistema político-económico actual. En el capitalismo moderno la comunidad está abocada al fracaso. Richard Sennet, en su libro La corrosión del carácter expone que, en un mundo de competencias no cabe la idea de llegar a casa y que queramos saber qué es lo que hace el vecino. Las redes y los equipos debilitan el carácter, lo corroen. Un régimen que no proporciona a los seres humanos ninguna razón para cuidarse entre sí, no puede mantenerse.
Abro la ventana. Fin del trabajo fijo, motivaciones a corto plazo, impacto de la flexibilidad laboral, seguridad, movilidad, menos trato con los hijos, amistades menos perdurables… Sin un yo sostenible, ¿cómo vamos a poder cuidar de los demás?, esto es algo que perjudica gravemente a la comunidad.
Hoy, los niños del lugar donde me crié ya no podrán hacer guerras con globos de aguas porque quitaron la fuente, o el banco donde me sentaba a comer pipas con mi vecina ya no estará. Como leí en un muro de Facebook: “Mi abuela decía: antes todo esto era campo”. Yo diré: “Antes todo esto era público”.
Defendamos las relaciones frente aquellos que utilizan la ciudad como un lienzo en blanco donde trazar líneas pomposas. El mobiliario urbano impuesto se define a sí mismo y perfila la espalda por la que nos movemos cada vez más solos: bancos individuales. Ruptura de la interacción social.
Julia Jorge

















