Joana Vasconcelos es una de las artistas contemporáneas portuguesas más reconocidas internacionalmente; su obra, influida por numerosas corrientes y renovadora de tradiciones olvidadas, es difícil de catalogar, pero su estudio detallado da lugar a descubrir la complejidad que encierra un trabajo de apariencia “fácil”.
Se define a sí misma como escultora, y es cierto que todas sus obras tienen una entidad escultórica fuerte, pero el trabajo industrial, de ingeniería y de artesanía que hay detrás de ellas, hace que la definición de “esculturas” sea escasa. Hay una gran riqueza de elementos dispares que dialogan, y los cuales procuran a las obras una identidad especial, donde lo interesante son los dos momentos que se crean en su relación con el espectador: un primer vistazo desde la lejanía, donde se nos presenta una forma reconocible pero extraña; y un segundo momento, cuando nos acercamos y descubrimos de qué está hecha la pieza. Al tratarse de elementos caseros e íntimos: cacerolas, bovinas de hilo, tampones, crochet, esculturas de jardín, cubiertos… sentimos que nos ha traicionado la vista y a la vez simpatizamos con la obra. Aceptamos de forma natural la entrada de esos elementos en el ámbito del arte, pero, haciéndolo, también dejamos entrar sus mensajes, que son eminentemente femeninos: virginidad, sexualidad, iconos machistas, opresiones…
En su carrera hay dos líneas bien diferenciadas: por una parte, las obras más monumentales, de lenguaje más agresivo y a la vez más impactante, como La novia, Coraçao independente, O Sapato o Jardim do Édem; y por otra, las obras de crochet, que tienen un lenguaje más suave, más femenino, incluso la escala es mucho menor y menos efectista, ya que la repetición reiterada acaba dejando de sorprender, son mucho más silenciosas y discretas, y en ellas prima lo artesanal. Estas obras atrapan literalmente los objetos, les tiende una trampa de telaraña con la que pierden su identidad y adquieren una nueva.

A este respecto hay que recordar que la propia Vasconcelos se ha encargado de decir que su trabajo no es simplemente feminista, sino que abarca mucho más y, por supuesto, enseguida aparece la idea del ready-made, de lo pop, lo kitsch, de lo conceptual, de la denuncia al consumismo y a la superficialidad social, incluso a la industrialización masiva, revalorando las artesanías y las tradiciones. Pero el lenguaje, en cualquier caso, es femenino, dando lugar a unos fuertes lazos de unión con el arte feminista.
Son varios elementos de su modo de trabajar los que la unen a dicha corriente. En primer lugar, el trabajo en equipo, donde se diluye la figura del “artista-genio” de la tradición patriarcal. Ella trabaja plasmando sus ideas en bocetos que revisa con su marido, que es arquitecto, y con un equipo técnico para encontrar la manera de llevarlas a cabo. Después entra el trabajo de todo un grupo de personas que se encargan de manufacturar las obras. Ella se involucra en todas las tareas, también en las de tejeduría, que no aprendió por herencia en casa, sino en la escuela de artes de Portugal, la Ar. Co. (Centro de Arte y Comunicación Visual de Lisboa). En alguna de sus obras ha utilizado la mano de obra de muchas mujeres, por ejemplo, en 2007 y para la celebración del Festival de Teatro de la ciudad de Feira, la artista ideó un proyecto que por sus dimensiones acabó llamándose popularmente “supercolcha”, pero cuyo verdadero nombre es Maiden. La colcha fue realizada a base de rosetones de ganchillo tejidos por más de quinientas mujeres de la ciudad, y cuya única regla a seguir era que fuesen de hilo de algodón blanco. Con la colcha resultante se cubrió la torre del Castelo de Santa Maria da Feira. Lo que pretendía Vasconcelos era realizar un trabajo de mujeres que representara la tradición femenina portuguesa, y la obra tuvo un aspecto final tan espectacular que, a pesar del anonimato de las tejedoras, ellas fueron las protagonistas de aquella edición, ya que feminizaron el símbolo de la ciudad, la torre del castillo, un elemento de imposición de fortaleza masculina.

Lo interesante del trabajo en grupo no reside solo en la creación en conjunto, sino que, además, habla de las tradiciones mediterráneas, en las que las mujeres se reúnen para coser, y también para hablar, para compartir su día a día, sus tareas repetitivas y sus intimidades. Los acontecimientos del hogar pasan a una pequeña comunidad de mujeres que se entienden porque viven la misma realidad.
Reunirse acaba convirtiéndose en una terapia que en su día fue el germen de las reuniones de grupos feministas donde se debatían problemas como el divorcio, el aborto, la virginidad, la maternidad o los trabajos caseros, que pasaron del hogar a convertirse en reivindicaciones sociales y políticas, porque en realidad no formaban parte de lo íntimo, sino del colectivo de la mujer.
Esa extrapolación de lo íntimo al museo se hace muy evidente en el trabajo de Vasconcelos, ya que todos los elementos que utiliza nos son muy familiares por su cotidianidad, y tras una elaboración muy meditada, les brinda un nuevo significado, casi siempre muy femenino. Este es otro de los motivos por los que su obra se ha relacionado con el feminismo.
Por último, son los elementos que utiliza la artista en sus obras, casi todos relacionados con el universo femenino, lo que hace inevitable que el estudio de su obra pase por las consideraciones feministas. Así, los secadores de pelo en Spin (2001), con lo que la melena supone en la iconografía femenina como elemento de provocación y sexualidad; o los tampones, eminentemente unidos a la menstruación, la sexualidad, la virginidad y que, además, forman la obra más famosa de Vasconcelos, La Novia (2001), obra que se expuso en la Bienal de Venecia de 2005 y que impresionó a público y crítica. Las connotaciones del título con respecto al material del que estaba hecha, así como la majestuosidad de la pieza, fueron cualidades suficientes para revisar la obra de esta autora desde el feminismo. Pero, además, el diálogo creado por Rosa Martínez, la comisaria del Arsenale de aquella Bienal, que rodeó la obra de Vas- concelos de trabajos de las Guerrilla Girls, supuso una valoración de la obra mucho más radical.

Otra de sus obras más destacadas son las versiones de O Sapato, un gigantesco zapato formado por 149 cacerolas con evidente discurso femenino, en el que las cacerolas y los tacones se unen para destacar una realidad común, la de la idea de mujer, obligada a ser femenina, subida a unos tacones y desterrada a la cocina rodeada de cazuelas.
Burka (2002) es mucho menos amable, de hecho, destila gran violencia la caída al vacío de todas las mujeres representadas en sus vestidos, símbolos de opresión.
Los hilos también son los responsables de nuestras ataduras, nos han amordazado y han formado parte de esas labores adjudicadas a la mujer. Esto aparece en Fashion victims (2001), donde cuatro muñecas desnudas giran en una plataforma móvil mientras son atadas hasta estar completamente cubiertas por los hilos de las bobinas que se van deshaciendo mientras gira la base.
Pero si en la obra anterior el hilo presiona, en Pack of Dogs (2005) las mallas de crochet hablan de un doble significado: el de telaraña que atrapa todo y el de elemento de opresión. Es interesante cómo una pieza hecha en fábrica se cubre de artesanía del hogar, que sin embargo se inserta en el museo. Son, pues, múltiples las lecturas que se pueden hacer. En general, todas las obras que se ocupan de encerrar con mallas elementos fabricados hablan de lo mismo y, además, recuperan una tradición ya desterrada al ámbito rural. Esta elección de la portuguesa es fundamental en su relación con el arte feminista, ya que, si las mujeres del tercer mundo y de otras religiones, razas y culturas fueron olvidadas por las feministas occidentales, el mundo rural también quedó en el olvido. Acercándose a las tradiciones de los pueblos, Vasconcelos reivindica la existencia de la mujer rural que también fue olvidada.
Entre sus obras atrapadas por las redes de crochet tienen mucha fuerza aquellas que representan arquetipos o símbolos de la masculinidad, por ejemplo, las cabezas de toros, los lobos o los leones, cuya identidad queda disuelta en los hilos y su masculinidad desaparece feminizándose, como ocurre en las casas en que las mujeres expanden su ganchillo, desde el tapete de la mesa camilla a las puntillas de las sábanas de un lecho donde se supone que son dominadas. En definitiva, el crochet deconstruye todo lo que cubre, incluso las identidades, como se evidencia en El vigoroso y El poderoso (2006), donde incluso el título denota mucha ironía. Y en Super Napron (2005), donde directamente apresa la figura masculina en la red femenina, el ideal de lo masculino es su versión feminizada. Más allá va Dupond (2007), símbolo de la educación femenina popularizada por los cuentos infantiles, donde se nos hace creer la historia del sapo que se convierte en príncipe.

En Top Model (2005) aparece el maniquí, la mujer de pasarela de medidas supuestamente perfectas con un perrito, ambas figuras cubiertas también con la malla de crochet. Todos utilizamos la imagen de la top model como mujer objeto, pero cubriéndola de ganchillo se objetualiza definitivamente la identidad de una mujer, cuyo valor se encuentra sometido a dictados de modas que se nos imponen. Realmente, esta obra sí es eminentemente femenina y feminista, y mientras que en Super Napron el resultado final era irónico, en Top Model la “autofeminización” de la mujer duele, porque trasmite una culpabilidad que en cierta medida depende de nosotras mismas y de seguir el juego a las imposiciones sociales que se nos dictan. Aun así, la dignidad también está en el crochet, símbolo de las mujeres reales nada idealizadas. De nuevo, Vasconcelos nos ofrece lecturas que se superponen continuamente.
Por último, habría que destacar la obra Valquiria. La artista ha hecho varias versiones de esta obra, quizás la más espectacular sea Valquiria Escesso (2005), por ser la más exuberante y elaborada. Las valquirias eran deidades menores de la mitología nórdica, cuya función era elegir a los mejores guerreros caídos en batalla para que pasaran a las filas del ejército de Odín. Ellas los escogían y cuidaban de ellos en la fortaleza de Valhalla. Esa era la ocupación de aquellas semidiosas, mitad domésticas, mitad heroicas. Vasconcelos parte de ese mito, pero se aparta de la iconografía existente, creando una gran estructura realizada con telas, tejidos, punto y crochet por muchas artesanas del pueblo de Nisa, que sobrevuela por encima de las cabezas de los espectadores como las deidades nórdicas hacían por los campos de batalla cubiertos de cuerpos yacentes, en este caso nosotros.
Concluimos esta presentación de Joana Vasconcelos del mismo modo que comenzamos, apuntando la dificultad de encasillamiento de su arte escurridizo, cuyo contenido se hilvana fácilmente con las corrientes feministas, precisamente por su intento de escapar de ellas. La doble lectura aplicada a la tejeduría, por una parte opresora y representada por Aracne, por otra, liberadora y cuya imagen es Penélope, la tiene también el arte feminista, que si reivindica a la mujer, parece igualarse a la tradición patriarcal, y si no lo hace, la deja en el olvido. Una condena impuesta y que se basa en las dobles lecturas, en las superposiciones de discursos que caracterizan, sin duda alguna, las obras de Vasconcelos.
Texto: Celia Conejero
Fotografías: joanavasconcelos.com

















