Si los editores dejan de editar y las fábricas dejan de fabricar, el diseñador debe hacer un esfuerzo creativo para que su trabajo salga adelante sin perder calidad y casta, sin caer en el simplismo formal o conceptual.
“Mientras el sistema de competición en la producción e intercambio de los medios de vida continúe, la degradación de las artes seguirá adelante” (William Morris)
Con su base teórica, William Morris, se posicionaba frente a la vorágine industrial creciente con una actitud ética, tanto personal como profesional, que se enfocaba en la conservación de valores tradicionales. Este idealismo, que abrió románticos caminos que miraban al pasado y caminaban hacia adelante, fue capaz de alimentar un nuevo movimiento que es fundamental para la comprensión de la Historia del Diseño: el Arts & Crafts.
Aunque viendo el panorama actual, puede dar la sensación de que se reviven esas ideas apasionadas, muchas veces nos encontramos con que el resultado final de un diseño no es fruto de una postura del diseñador frente a la “industria” cuestionando sus normas, sino más bien, que ésta le da la espalda (léase industria como engranaje de edición, producción y distribución). En momentos de crisis, el mercado transforma a la “industria” en un ente temeroso que no quiere apostar sobre algo que no sea un valor seguro. Por más que se repita el sermón de que si no arriesgas no ganas, cuando este riesgo puede convertirse en el último que asumas, te lo piensas más. Lógico.
El fabricante dispone de la técnica y los recursos, se diferencia de su competencia por la calidad del producto, de los acabados, de la optimización de los procesos y asume una responsabilidad absoluta sobre estos factores. Cuando el diseñador se dedica a la producción, se suele diluir este compromiso, dejando el producto marcado por una mano de obra no especializada en la fabricación.
Para solventar esto, lo inteligente es poder delegar partes del proceso, buscando un equilibrio entre la formulación técnica, los sistemas de producción y los resultados. O alcanzar cierta calidad desde un planteamiento neo-artesanal, donde el diseñador conoce la técnica con la que trabaja hasta conseguir un producto perfectamente terminado.
Hago un paréntesis para especificar que cuando hablo de autoproducción y de diseño autogestionado no incluyo los objetos de “arte encontrado” que pueblan los escenarios actuales, ya que –desde mi opinión subjetiva y personal– pertenecen a otro orden de cosas.
Llegados a este punto, los estudios/diseñadores autogestionados y generalmente emergentes suelen ser “invitados” a exponer sus trabajos –previo pago– en circuitos establecidos. Hablando sobre este tema con Julia Jorge, planteamos dos posibles situaciones con las que te tienes que enfrentar cuando estás empezando: una es que asumes económicamente la autoproducción con importantes inversiones y, la otra, es que te editan y cobras un royalty que puede variar del 3% al 7% del precio final de tu producto. Si una vez que ya has desembolsado una buena suma económica, o en el que vas a percibir una pequeña parte del precio final de tu diseño, sumas que tienes que pagar más para que te vean, no cuadran las cuentas. En resumen, ser diseñador deja de ser una profesión para convertirse en un status. No esperes cobrar por ser diseñador, para ser diseñador tienes que pagar.
Aunque soplen brisas de sedición forzada por una economía raquítica, habría que plantearse en serio hasta qué punto es efectivo el sistema que ha funcionado durante tantos años, y pensar qusi las respuestas que dan los diseñadores sirven de algo.
A la hora de empezar a trabajar, un diseñador no debería sentir la incapacidad de que se pueda llevar a cabo la idea, propia o del cliente, siendo mutilada desde el comienzo o relegada a convertirse en un diseño soso y poco meditado. En el fondo, la cuestión fundamental de todo esto es una: que el cambio sirva para hacer del acto prístino de diseñar, que es proyectar, que sea planteado sabiendo que nos movemos en el campo de acción más amplio posible desde el comienzo. No se trata de hacer diseños imposibles, pero tampoco de vetarnos desde el principio.
Quizá todo pasa por readaptar el funcionamiento de la industria para que ésta y el diseñador unan fuerzas –renovadas y repensadas– para trabajar juntos. Calibrar todo. Habría que valorar la repercusión real que pueden tener los circuitos de diseño en nuestro beneficio y plantear nuevos caminos. Pensar en cómo las plusvalías pueden hacer que un producto quede estancado al no ser económicamente sostenible ni competitivo. Explotar las nuevas vías de promoción y distribución global que Internet pone al alcance de todos. En definitiva, reinventar el sistema.
Artículo publicado en el Nº 17 de la revista Abre el Ojo.
















