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Para no perderse en la Bienal de Venecia III

Dejarse llevar por las calles de Venecia es siempre una experiencia maravillosa, pero cuando quieres abarcar toda la Bienal, puede ser una pesadilla. Guía abreviada de pabellones nacionales y eventos paralelos situados por la ciudad.

Viene de Para no perderse en la Bienal de Venecia II

Son muchas las derivas, numerosos los lugares desde los que partir, así que iremos indicando por zonas qué es lo más sobresaliente, pensando sobre todo en abarcar estas exposiciones cuando se tiene poco tiempo.

Dorsoduro

Un buen punto de partida puede ser Dorsoduro, un barrio popular donde se concentra gran parte de la oferta de arte contemporáneo permanente de la ciudad, especialmente en los alrededores de la iglesia de la Salute.

Uno de los pabellones más interesantes en 2009 fue el Pabellón de Cataluña, ejemplo de buenas prácticas y con propuestas muy actuales de varios creadores como Daniel García Andújar, así que podríamos empezar por aquí. En esta ocasión Cataluña y Baleares han depositado su confianza en la barcelonesa Mabel Palacín para intervenir el Magazzino del Sale, quien parte de la regla cinematográfica del salto del eje o de los 180º (que marca la situación de los personajes respecto a la cámara) para reflexionar sobre cómo ha cambiado la posición del espectador respecto a las imágenes que nos rodean, en este caso sobre instantáneas venecianas que son difíciles de reconocer. Por desgracia ocurre lo mismo con la misma pieza, interesante pero pobre en comparación con el pabellón anterior, aunque merece la pena visitarla para sacar conclusiones propias.

Además, muy cerquita se puede encontrar a Kiefer en la Fondazione Vedova, en medio de varios eventos paralelos cerca de la famosa Accademia di Belle Arti, donde podemos hallar desde La tempestad de Giorgione a maravillosas escenas de vida veneciana, que nos hacen reinterpretar de nuevo esta ciudad.

De hecho, este museo y el Peggy Guggenheim son dos de las visitas irrenunciables siempre que se va a Venecia, siendo el Peggy un espacio de arte absolutamente delicioso hecho a imagen y semejanza de la que fue su dueña. Pero volviendo a la Bienal, en estos días la gente se agolpa para recorrer el Big Bambú de Mike y Doug Starn, una gran torre que pertenece al proyecto Glasstress, que podremos visitar nada más cruzar el puente de la Accademia, aunque es más la rareza que el concepto lo que guía esta imponente construcción.

Pero antes de atravesar el Gran Canal o coger un vaporetto, se ha de visitar la sede más reciente para la colección de François Pinault: la Punta della Dogana inaugurada la pasada bienal y donde se exhibe lujo contemporáneo a través de artistas de moda como Haruki Murakami o Maurizio Cattelan dentro de este Elogio de la duda.

Cerca de la Punta della Dogana está una de las partes de Future Pass, que continúa en Canareggio, una exposición divertida pero poco más, apta especialmente para aquellos que son un poco freaks. Y también entre los eventos paralelos oficiales, Cracked Culture? The Quest for Identity in Contemporary Chinese Art , comisariada por Wang Lin y Gloria Vallese, una exposición desigual pero con algunas muestras de artistas post-Tien’anmen, iniciando con un homenaje más a Ai Weiwei. Estas dos últimas exposiciones no son de las imprescindibles, pero constatan un hecho llamativo: el centro de gravedad del sistema del arte se está desplazando cada vez más hacia el este.

Isla de San Giorgio

Uno de los atractivos principales de este año ha sido la intervención de Anish Kapoor en la famosa iglesia de San Giorgio de Andrea Palladio. Kapoor ya estuvo reclamando la atención con su propuesta de un día sin arte si no se liberaba a Ai Weiwei, pero una vez que el disidente chino ha dejado de ser noticia, la instalación ascendente de Kapoor ha ocupado ese lugar, convirtiéndose en uno de los momentos sublimes –el único– de este año, dotado de una espiritualidad idónea para tan insigne marco.

Avanzado solo unos metros hay otra propuesta interesante sobre esta ciudad, Real Venice. En ella Dionisio González aporta una visión original al activar arquitecturas posibles recuperando, entre otros, proyectos irrealizados de grandes arquitectos –como presentaba la magnífica exposición Arquitecturas ausentes–, junto a otros fotógrafos que desvelan el parque temático en el que se ha convertido esta ciudad y sin olvidar otras miradas más íntimas.

Para terminar el periplo por la isla conviene no olvidar Penelope’s Labour: Weaving Words and Images, a pesar de ser una de las exposiciones que han pasado más desapercibidas. En ella se descubre la complejidad del hilo como medio expresivo, tan connotado en otras ocasiones por dialécticas de género, pero que se muestra aquí como capacidad de crear nuevos relatos y formas de representación, siendo Carlos Garaicoa quien consigue un especial y merecido protagonismo con piezas marcadamente reflexivas.

Castello – San Marco – Canareggio

Entre los eventos paralelos, el citado Glasstress en el Palazzo Cavalli Franchetti ha sido uno de los más visitados, en parte por su situación y en parte por los grandes nombres que alberga. No obstante, es una muestra prescindible pero llamativa para quien busque lo espectacular, mejor que muchas otras muestras cercanas, como la copia que hacen de Loris Cecchini Martine Feipel y Jean Bechameil en el pabellón de Luxemburgo y otras próximas, que nos encaminan hacia Palazzo Grassi, el que fuera otrora el símbolo de la Fiat y ahora la primera sede que acogió en Venecia la Colección Pinault. En este caso exhibe El mundo os pertenece, un título como cualquier otro para enganchar y no decir nada, si bien hospeda algunas obras conocidas y especialmente la desbordadota instalación de Joana Vasconcellos, que no deja indiferente a nadie.

Cerca está el impresionante Palazzo Fortuny, lugar de encuentro desde antaño y sede durantes las 3 últimas bienales –aunque fuera de la sección oficial– de uno de los proyectos más impactantes gracias a la construcción de grandes gabinetes de las maravillas donde se establecen diálogos únicos entre piezas de épocas muy distantes. Este Tra (Edge of Becoming) con el que concluye este proyecto no resulta tan sorprendente como el de hace 4 años pero sigue siendo un “encuentro” espléndido entre Budas de los siglos 6-7 y artistas matéricos como Tàpies, Vedova o Dominique Stroobant, o donde puedes pararte a contemplar tranquilamente el Passage de Shirin Neshat, combinando magistralmente lo oriental con lo occidental, el pasado y el presente en un continuum fascinante. Parece ser que la propuesta adquirirá otra forma, ya en un futuro en otra sede.

En esta amplia zona con numerosos destinos, tres más que son interesantes pero no imprescindibles: la mención especial del jurado para el pabellón de Lituania con Behind the White Curtain de Darius Mikšys en la Scuola S. Pasquale, realmente decepcionante si no está el artista o el comisario para ilustrarte; el polifacético Julian Schnabel, que vuelve al Museo Correr más monumental que nunca, ofreciendo variados registros; y la Fondazione Pino Pascali, que muestra su programa de actividades y una peculiar colección con algún momento memorable.

Santa Croce – San Polo

El museo cívico veneciano con una historia más vinculada a la Bienal es Ca’ Pesaro, en cuyos fondos están varias de las piezas compradas en las primeras bienales, contando con la Salomé de Klimt, algún Calder, un Soroya… además de otras curiosas colecciones. No obstante, para la frustración de los guardias y trabajadores de este centro, ahora la mayoría de la gente entra en este museo para preguntar por la Fondazione Prada en el Palazzo Corner della Regina. Esta ha sido la gran novedad de este año, en cuanto a instituciones se refiere, y que interesa por varias razones: la rehabilitación del palacio, a cargo de OMA, que expone sus proyectos en una parte del mismo, y las propias piezas de la colección, que en este espacio mantienen un gusto veneciano a pesar del contraste con la contemporaneidad de las mismas, alejándose de la monumentalidad minimalista de la Punta della Dogana.

Mucho menos espectacular pero siempre interesante es la acumulación de pequeños pabellones en la antigua escuela armena en el Palazzo Zenobio, donde las muestras más atractivas podrían estar en diálogo involuntario con la libertad de palabra del pabellón danés o el pabellón polaco y su propuesta de un movimiento de renacimiento judío en Polonia, presentes en los Giardini. Me refiero a propuestas transnacionales, radicadas profundamente en la situación actual, como ocurre en países desencantados pero con ganas de hablar como es Islandia, en cuya fachada estaba escrito bien claro “tu país no existe”. Al respecto, resultan reveladores los puntos de vista planteados también en este palacio desde la exposición Mediterranean Approach, comisariada por Adelina von Fürstenberg y Thierry Ollat, orientada a redefinir la representación de un área geopolíticamente crucial, con insinuaciones poéticas más que con análisis de gran calado, pero capaces de crear un ámbito de reflexión, algo tan escaso en la mayoría de espacios de la Bienal.

Fotografías: cortesía de la Bienal de Venecia.

Continúa en Para no perderse en la Bienal de Venecia IV

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