Nuestro recorrido por la Biennale de 2011 continúa con otra cita ineludible: los Giardini, donde termina la exposición principal con la “novedad” de Tintoretto y donde podemos visitar la mayoría de los pabellones nacionales históricos.
Viene de Para no perderse en la Bienal de Venecia I
La segunda parte del proyecto comisariado por Bice Curiger se encuentra en el pabellón central de los Giardini (jardines) de la Biennale. Ese intento de comunidad aquí se ve determinado por una voluntad de vincular el discurso a la ciudad que lo acoge a través de la presencia de Tintoretto, sin duda uno de los grandes de la historia del arte, que no hace más que poner en evidencia a la mayoría de las obras que lo rodean o –como titulaba La Reppublica– “Así ilumina Tintoretto la nada contemporánea”. Esta permanencia de lo antiguo no es en principio una mala idea –en las últimas tres bienales ha funcionado perfectamente en el Palazzo Fortuny–, sin embargo, aquí no dialogan realmente las piezas contemporáneas con las obras maestras del pasado.
Parece que Bice Curiger intenta recuperar el arte como un medio privilegiado para encontrar el mundo, ponerse frente a la realidad que estamos decidiendo bajo un carácter de cierta intelectualidad, pero queda únicamente en fulgores de pensamiento bien intencionado, pero que no pasa de discurso frío y débil, que no logra aportar luz alguna sobre las perplejidades contemporáneas ni crear otras vías de interpretación. En cualquier caso y, a pesar de las críticas recibidas, cabe analizar cómo las elecciones de Bice Curiger también muestran sus “políticas”, consistentes en contar con un buen porcentaje de artistas menores de 35 años y con un considerable número de italianos y una treintena de mujeres, entre las que están varias de las obras más interesantes, como ocurre con el proyecto colectivo de radio sobre la industria química de la vecina Marghera realizado por Marinella Senatore, que, como toda la exposición, sufre la falta de explicaciones para aquel espectador que no sepa italiano o la historia de Italia. De esta forma, la identidad, el intento de teoría y apuestas equitativas entre consagrados y emergentes, hombres y mujeres, occidentales y orientales, no deja más que el sueño de equidad y armonía de una difusa comunidad artística allende fronteras, porque la simple convivencia de artistas de distintos países no construye la ejemplaridad de formas comunitarias globales, hacen falta también vínculos fuertes basados en unas prácticas comunes o un espíritu compartido entre sus miembros, para que propuestas como esta no queden en una pátina de teoría que no es más que retórica sin praxis.
La tesis principal de cada año completa un contenedor en el que podemos entregarnos claramente al mercado, como hizo Storr en 2007, u ofrecer algunas obras interesantes fruto de elecciones subjetivas dentro de un discurso inexistente, como fue el caso de Birnbaum en la edición pasada, dentro de una necesidad de personalizar individuos concretos por encima de la construcción de una propuesta interpretativa fuerte. Así, suele ocurrir que, bien por limitaciones económicas o metodológicas, muchos de estos comisarios ofrecen aquí una de las exposiciones menos originales de sus carreras. Quizás falte audacia y cierta irreverencia ante una Bienal que sigue siendo un gran símbolo poética y económicamente, de gran atractivo para todo turista cultural, pero que nos deja con la sensación de que todo termina bajo la seducción de un arte fascinado por el glamour.
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Giardini: Pabellones nacionales
La fórmula de los pabellones es una de las características más importantes de la Bienal, fórmula antigua que pervive con fuerza en tiempos de globalización, manteniéndose en este sistema las singulares geografías de los artistas de referencia, al mismo tiempo que subyacen algunas asunciones, como es el hecho de identificar un Estado con un tipo de cultura –como señalaba el antropólogo Ernest Gellner.
Todo ello nos remite de nuevo a cuestiones de tipo identitario, esa gran obsesión del arte especialmente del último medio siglo, como confirmó Jean Clair con su Identidad y alteridad en la Bienal de 1995. Y es que el patrimonio cultural ha sido una referencia constante para todos los directores de las bienales desde inicios de los noventa, aunque sin lecturas de profundidad, abordando este tema bien desde la localidad o la globalización, el eurocentrismo o la deslocalización, pasando por distintas fórmulas de mestizaje o acercamiento.
Dentro de las variadas muestras de este año, ya hay un signo de los intereses, sobre todo en fin de semana o los días de la vernissage, que nos indica cuáles son los objetos de deseo en forma de grandes colas, no siempre formadas por la calidad sino por un formato y un aforo no acordes con lo que este evento demanda, no obstante colas en la mayoría de los casos justificadas. El león de oro de este año ha sido para el recientemente fallecido Christoph Schlingensief en una discutida y grandilocuente puesta en escena a cargo de la comisaria Susanne Gaensheimer en el pabellón de Alemania, volcada en una liturgia fluxus donde se encarnaba un espíritu y una tendencia audiovisual que ahora se observa con cierta nostalgia.
Las colas continuaban en el “de-construido” pabellón británico de Mike Nelson, el estadounidense… siendo quizás la más llamativa –sobre todo teniendo en cuenta las propuestas más convencionales de otros años– la aportada por Allora & Calzadilla en Estados Unidos, que comienza con una instalación en la calle con un atleta que corre sobre un tanque, “espectáculo” que ameniza la espera y que da pie a una dialéctica entre poder atlético y militar que termina significativamente con un órgano en cuyo interior se aloja un cajero automático: sacar dinero era la única forma de hacerlo funcionar; bonita metáfora del sistema del arte actual…
Entre las exposiciones destacables, la interesante propuesta de la israelí Yael Bartana en Polonia con la creación de una vuelta de lo hebreo a la vida política de la nación, también llaman la atención las distintas propuestas internacionales presentes en Dinamarca, el denso bosque de cristales de Hirschhorn, no para todos los públicos pero que no deja indiferente en Suiza, o el pabellón de Brasil, aunque solamente sea para entender el porqué del Premio Velázquez 2011 para Artur Barrio. Por otro lado, cuando hablábamos del formato de la Bienal y de cómo beneficia lo vistoso sobre lo procesual o la investigación, hay casos que demuestran entender perfectamente el contexto, como ocurre con Boltanski en Francia, quien crea una instalación seria, pero también efectista, para no quedar perdida en la marea de propuestas que la rodean y que hace que otras muchas queden en el olvido.
Esa no adecuación al contexto de la Bienal es la que padece Lo inadecuado, el arriesgado proyecto de Dora García en el pabellón español. De la misma forma que en propuestas anteriores suyas, como la pasada en el CGAC con interesantes “interpretaciones” escritas de lo que ocurre en la sala, van apareciendo distintas construcciones de historias que tejen una atractiva aunque complicada trama para la mayoría de los espectadores, basada en la elaboración un tanto forzada de relatos hablando de Joyce, Pasolini, Svevo, Walser… pero sobre todo contando con la presencia de hasta 80 intelectuales de la contracultura italiana que crean una <em>performance</em> múltiple y coral, pero imposible de seguir en persona. En conjunto, es un proyecto diferente, pero probablemente no idóneo para un ambiente como el de la Bienal.Ahora toca empezar la búsqueda por toda la ciudad…
Fotografías: cortesía de la Bienal de Venecia.
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